El interruptor de la conciencia: ¿Por qué nos conmueve el balón pero no el dolor?
Nuestra realidad nos exige una madurez mental pesadísima: aprender a sostener nuestras contradicciones.
Hay días en México que se sienten como un cortocircuito emocional, y para quienes no nos gusta el fútbol, el cortocircuito viene con una dosis extra de alienación y hartazgo. Llegas tarde a casa, cansadísima del trabajo, porque las calles están colapsadas debido a un partido. Te toca ver a la ciudad entera flotando en una euforia colectiva que te es ajena, mientras tú solo procesas el peso del día. Al prender el teléfono, la pantalla se satura de una cantidad de información que llega a dar repugnancia, pero que al mismo tiempo te atrapa en un limbo rarísimo.
Ahí entra ella, incómoda, contradictoria y fría: la distancia cognitiva.
Abres las aplicaciones y te topas con el descaro de la doble moral de siempre: tipos que se desgarran el alma insultando a las marchas y quejándose de que "afectan el tráfico", pero que hoy están llorando, gritando y bloqueando la vía pública por once hombres corriendo tras un balón. Para el fútbol hay permisos, tolerancia y una Hermandad Nacional; para la rabia de las personas que exigen justicia, solo hay vallas humanas de policías y condena.
Pero en medio de todo eso, scrolleas un poco más y aparecen los memes. Y te dan risa. Es inevitable. Te sorprendes sonriendo con el ingenio de la gente y, por un segundo, sucede algo muy loco: empatizas con esa alegría colectiva. Porque, a pesar de que el fútbol no me guste en lo absoluto, hay una verdad innegable: me gusta sentirme en comunidad. Me gusta esa sensación de que, por un momento, no estamos tan solos, y es hermoso ver el brillo de la gente cuando comparte algo con pasión. Es una contradicción andante: conecto con la chispa del festejo y abrazo ese calor humano, pero inmediatamente decido dar un paso atrás y separarme de ella. Elijo ver el fuego desde afuera, reconociendo su calidez, pero protegiendo mi propio espacio.
Hoy vivimos en un México extrañísimo donde todo se une en un caos: la protesta legítima, la fiesta obligada, los partidos políticos tradicionales que se sienten como marcas corporativas vacías. ¿Cómo se supone que debemos sentirnos ante esto? Es abrumador ver que el mundo que se cae a pedazos, y a la vez tener que cumplir con una jornada laboral, y procesar que la masa parece anestesiada (o que solo elige cuándo ser empática según el color de la camiseta).
Nuestra realidad nos exige una madurez mental pesadísima: aprender a sostener nuestras contradicciones. La primera premisa es que disfrutar de la vida no es un pecado. Reír con un meme, bailar o conmoverse con la felicidad del de al lado es válido. No podemos defender la vida si no nos permitimos vivirla; el sentido de comunidad y la ligereza también son una forma de resistencia en un contexto que a veces parece empeñado en robárnoslos.
Pero la segunda premisa, y la más importante, es que el verdadero peligro no es tomar distancia para respirar, sino dejar de empatizar con lo importante.
El día que la violencia o la injusticia nos dejen de incomodar, pero un resultado deportivo nos mueva más el piso que una realidad que quema, ese día habremos perdido como sociedad. No se trata de estar en un estado de vigilia y sufrimiento las 24 horas del día (eso destruye la salud mental). Se trata de mantener el interruptor de la consciencia encendido. Se trata de informarse, de observar el caos, conmoverse con la unión de la gente si hace falta, pero nunca dejar de cuestionarse.
Cuestionarse es el acto más revolucionario que nos queda. Preguntarnos por qué nos molesta más un monumento pintado que una vida arrebatada. Está bien querer llegar a casa a descansar, está bien no encajar en la euforia de la mayoría y está bien mirar el festejo con una mezcla de ternura y distancia. Lo único que no nos podemos permitir es mirar hacia otro lado cuando el dolor del otro nos queda de paso. Que el caos no nos vuelva cínicas. Al final del día, cuidarnos el derecho a la paz y a la comunidad, sin soltarle la mano a las demás y manteniendo la capacidad de indignarnos, es lo único que nos va a salvar.