Las preguntas que no hicimos

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Las preguntas que no hicimos
Lucía Conchello Sandoval
Los mayores descubrimientos científicos no estén escondidos donde nadie ha buscado, sino precisamente en aquellos lugares que consideramos indignos de ser explorados.
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Lo femenino como punto ciego en la ciencia

La ciencia promete una visión objetiva de la realidad. Creemos que avanza guiada únicamente por la evidencia, la curiosidad y el método científico. Pero pocas veces nos detenemos a pensar: ¿quién decide qué vale la pena investigar?

Después de todo, la ciencia no ocurre en el vacío. Las preguntas que formula, los problemas que prioriza y hasta los cuerpos que estudia nacen dentro de una sociedad, una cultura y una época determinadas. Cuando esa sociedad está atravesada por prejuicios, es ingenuo pensar que la investigación logra mantenerse completamente al margen de ellos.

Durante siglos, el cuerpo femenino fue tratado como un misterio cuando convenía y como un tabú el resto del tiempo. La menstruación, la vulva e incluso el dolor de millones de mujeres quedaron relegados a conversaciones incómodas, como si ignorarlos los hiciera desaparecer. La ciencia —como era de esperarse— tampoco fue inmune a esa historia.

Durante décadas, el cuerpo masculino se convirtió en el modelo estándar de la investigación médica. Anita Holdcroft, investigadora del Journal of the Royal Society of Medicine, documenta que las mujeres fueron excluidas de numerosos ensayos clínicos porque sus cambios hormonales se consideraban una variable “demasiado complicada” [1]. Hoy sabemos que la variabilidad hormonal no es exclusiva de las mujeres. Tanto hombres como mujeres presentan fluctuaciones hormonales: en ellos predominan los ritmos circadianos y en ellas los cambios cíclicos del ciclo menstrual, un patrón predecible que puede integrarse en los estudios en lugar de utilizarse como excusa para excluir a la mitad de la población. Incluso cuando comenzaron a incluirse, pocas investigaciones analizaban los resultados por sexo, como si ambos organismos respondieran exactamente igual [1].

Las consecuencias van mucho más allá del laboratorio.

Caroline Criado Pérez explica en Invisible Women que el problema rara vez es una conspiración deliberada; suele ser un enorme vacío de información [2]. Cuando el conocimiento se construye principalmente con datos masculinos, ese vacío termina reflejándose en la vida cotidiana. Durante años, los dummies utilizados en pruebas de choque se asemejaban al cuerpo promedio de un hombre, por lo que muchos sistemas de seguridad se diseñaron en torno a esa referencia. Como resultado, las mujeres presentan un mayor riesgo de sufrir determinadas lesiones en accidentes automovilísticos, porque el mundo fue probado pensando en otro cuerpo [2].

El mismo patrón se repite en la medicina. La endometriosis afecta aproximadamente a 190 millones de personas en el mundo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud [3]. Sin embargo, el dolor incapacitante que provoca suele minimizarse o considerarse una parte “normal” de la menstruación, retrasando diagnósticos y tratamientos para millones de pacientes.

En este punto surge la pregunta.

Si fuimos capaces de pasar por alto durante tanto tiempo una enfermedad que afecta a casi una de cada diez mujeres en edad reproductiva, ¿qué otros conocimientos seguimos dejando sobre la mesa porque no consideramos importante indagar en el cuerpo femenino?

Un análisis publicado en Frontiers in Genetics en 2022 indica que la ciencia tampoco es completamente neutral al elegir sus objetos de estudio [4]. Sus autores muestran que la sangre menstrual representa apenas una fracción mínima de la investigación en células madre, a pesar de ser una fuente accesible, poco invasiva y con un enorme potencial biomédico. Incluso, varias investigadoras reportaron haber recibido bromas o expresiones de asco por trabajar con dicho material, un recordatorio de que los prejuicios culturales también atraviesan los laboratorios [4].

Quizá el problema nunca fue la sangre menstrual.

Quizá el problema fue decidir, mucho antes de estudiarla, que era algo demasiado incómodo para mirarla, reconocerla, utilizarla.

La objetividad no consiste únicamente en observar. También implica cuestionar qué decidimos mirar y, sobre todo, qué hemos aprendido a ignorar.

Porque tal vez los mayores descubrimientos científicos no estén escondidos donde nadie ha buscado, sino precisamente en aquellos lugares que consideramos indignos de ser explorados.


Referencias

[1] A. Holdcroft, “Gender bias in research: how does it affect evidence based medicine?”, Journal of the Royal Society of Medicine, vol. 100, no. 1, pp. 2–3, 2007.
[2] C. Criado Pérez, Invisible Women: Data Bias in a World Designed for Men. New York: Abrams Press, 2019.
[3] World Health Organization, “Endometriosis”, 2023.
[4] M. C. Fonseca et al., “Gender bias and menstrual blood in stem cell research: A review of PubMed articles (2008–2020)”, Frontiers in Genetics, vol. 13, 2022, doi: 10.3389/fgene.2022.957164.


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