La libertad, la costumbre y el miedo a pensar sin uniforme
Es fácil decir que cada persona elige. Es más difícil preguntar desde dónde elige, con cuánto tiempo, con qué dinero, bajo qué miedo y entre cuáles posibilidades.
"Free as a Bird" - The Beatles
Decimos que somos seres libres, soberanos y autónomos. Suena bien. También suena incompleto. Si de verdad gobernáramos nuestra vida con la claridad con la que pronunciamos esas palabras, ¿por qué repetimos relaciones, hábitos y opiniones que nos mantienen inconformes? Tal vez porque la libertad no es una posesión que se recibe al nacer, sino una práctica que se atrofia. O tal vez porque nunca fuimos tan libres como nos gusta creer.
Es fácil decir que cada persona elige. Es más difícil preguntar desde dónde elige, con cuánto tiempo, con qué dinero, bajo qué miedo y entre cuáles posibilidades. Una persona puede no tener una cadena visible y, sin embargo, vivir atada al cansancio, a la deuda, a la necesidad de pertenecer o a una idea de sí misma que ya caducó. La ausencia de un amo no garantiza la presencia de una voluntad propia.
Pero culpar únicamente a la estructura también es cómodo. Si todo lo decide el sistema, quedamos absueltos de revisar la pequeña tiranía que administramos dentro de nosotros. La estructura condiciona, pero no siempre sentencia. Hay mandatos que heredamos y otros que seguimos renovando porque nos evitan el trabajo de inventar una respuesta.
Por eso el cerebro ama los patrones. No porque sea una máquina defectuosa, sino porque necesita ahorrar energía y anticipar el mundo. Repetir lo conocido reduce la incertidumbre. El problema comienza cuando confundimos familiaridad con verdad. Tendemos a aceptar lo que protege la pertenencia al grupo y a sospechar de lo que la amenaza. Incluso la inteligencia puede volverse abogada de nuestras lealtades. Pensar mejor no siempre nos hace menos parciales; a veces solo nos permite defender con mayor elegancia aquello que ya queríamos creer.
Ahí aparece la dicotomía: izquierda o derecha; creyente o ateo; amor u odio; sí o no. Las categorías no son absurdas: ordenan la realidad, permiten coordinar acciones y vuelven comunicable lo que, sin nombres, sería una niebla.
Entonces no: el problema no es que existan dos lados. El problema es convertir cada lado en una residencia permanente. Una categoría puede ser una puerta para entrar a una discusión, pero la usamos como una casa de la que ya no salimos. Primero adoptamos una idea para explicar el mundo; después usamos el mundo para proteger la idea. Cuando la opinión se vuelve identidad, cambiar de opinión se siente menos como aprender y más como traicionarse.
Pero aquí llega otro giro: escuchar todas las posiciones no obliga a concederles el mismo valor. La apertura mental no exige colocar la evidencia y la mentira a la misma altura, ni situar la dignidad y la crueldad en dos platillos equivalentes. El punto medio no posee una superioridad moral automática. Entre una persona que golpea y otra que recibe el golpe, el balance no consiste en pedirle a cada una que ceda la mitad.
Equilibrar una opinión, por tanto, no significa cortarla hasta que deje de incomodar. Significa someterla a una prueba: ¿qué parte está sostenida por hechos?, ¿qué parte por valores?, ¿qué daño produce?, ¿qué experiencia no alcanza a explicar?, ¿qué tendría que ocurrir para que yo la corrigiera? Una opinión equilibrada no es necesariamente moderada. Puede ser radical y, al mismo tiempo, estar dispuesta a rendir cuentas. Lo contrario del fanatismo no es la tibieza; es la capacidad de cuestionar.
También conviene desconfiar de la frase “los dos extremos son iguales”. La rigidez mental puede aparecer a la izquierda y a la derecha, entre creyentes y ateos, entre progresistas y conservadores. Dos personas pueden aferrarse con la misma intensidad a ideas cuyos efectos son muy distintos. Medir el volumen de la convicción no basta para juzgar su contenido. A veces el llamado a “ver ambos lados” amplía la conversación; otras veces lava una injusticia y la devuelve con apariencia de neutralidad.
Algo similar ocurre con la corrección política. Puede ser obediencia vacía: repetir un vocabulario para demostrar que se pertenece al grupo correcto. Pero también puede ser una disciplina mínima de convivencia, un intento de nombrar al otro sin degradarlo. No toda cortesía es censura y no toda provocación es valentía. Decir algo ofensivo no prueba que alguien piense por sí mismo; puede probar solamente que obedece a una tribu. Hasta la rebeldía tiene clichés.
Nos apasiona, muchas veces, ser parte de ser parte. Queremos la intensidad de una causa sin aceptar el costo de examinarla. Compartimos la consigna, la estética, la indignación y el enemigo; con eso compramos una identidad lista para usar. Sin embargo, retirarse del colectivo tampoco garantiza independencia.
My Year of Rest and Relaxation, de Ottessa Moshfegh, lleva esa fantasía de retirada hasta un extremo casi clínico. Su protagonista, joven, rica y profundamente alienada, decide dormir durante un año con ayuda de una combinación peligrosa de medicamentos. Su gesto admite lecturas opuestas. Puede verse como una rebelión feroz contra la productividad, la belleza obligatoria, el trabajo y la expectativa de que una mujer deba convertirse sin descanso en una mejor versión de sí misma. Su “no” parece total: no participar, no rendir, no agradar.
Pero su negativa también depende de una libertad comprada. Puede desaparecer porque tiene dinero, vivienda y margen para que otros sostengan el mundo mientras ella se ausenta. El descanso se vuelve privilegio y la emancipación se parece demasiado a la anestesia. No destruye la lógica que la oprime; simplemente paga por no sentirla. La novela puede leerse como una defensa del derecho a retirarse y, al mismo tiempo, como la sátira de una clase capaz de confundir la desaparición personal con una transformación política. Su protagonista sale del circuito, sí, pero no necesariamente sale de sí misma.
El libro incomoda porque no permite decidir con facilidad si dormir es resistencia o rendición. Tal vez es ambas. Estar consciente no equivale a estar presente. Se puede mirar el mundo con los ojos abiertos y seguir dormido dentro de una explicación que no admite interferencias.
De ahí la imagen de la oruga y la mariposa. Estamos tan concentrados en transformarnos que rara vez preguntamos para qué. Consumimos terapias, ideologías, rutinas, diagnósticos y versiones renovadas de nosotros mismos. Al final, podemos convertirnos en mariposas impecables que no polinizan: bellas pruebas de una metamorfosis sin relación con nada vivo.
Aunque esa metáfora también merece sospecha. ¿Por qué tendría la mariposa que justificar su existencia siendo útil? ¿No es la obligación de “polinizar” otra forma del mandato productivo que la protagonista de Moshfegh intenta dormir? No toda vida necesita convertirse en servicio, rendimiento o legado. Descansar, contemplar y existir sin demostrar resultados también puede ser una defensa de la dignidad.
La autonomía no es aislamiento. Somos seres dependientes que aspiran a decidir; esa contradicción no se resuelve quitando uno de sus lados. La mariposa no tiene que producir para merecer el vuelo, pero un jardín compuesto por criaturas que no polinizan deja de ser un jardín.
No toda explicación sencilla es fascista y no toda complejidad es democrática; un discurso puede ser enredado, culto y aun así servir al poder. El peligro no está en decir algo con claridad. Está en reducir una sociedad a un pueblo puro, un enemigo único y una solución total.
Pero tampoco deberíamos usar la palabra “fascismo” para clausurar cualquier discusión. Si toda rigidez, grosería o simplificación es fascista, el término pierde su capacidad histórica de advertencia y se convierte en otra etiqueta tribal. Nombrar con precisión también es una responsabilidad política. El pensamiento crítico no consiste en detectar maldad en el bando contrario, sino en reconocer las condiciones bajo las cuales nuestra propia causa podría volverse ciega.
Quizá hace falta pasión, pero una pasión que no necesite fingir infalibilidad. La apatía no siempre es ausencia de sentimiento; puede ser cansancio, defensa o duelo. La intensidad tampoco garantiza autenticidad. Hay personas genuinamente comprometidas con sus ideas y otras adictas al reflejo que esas ideas les devuelven. La diferencia no se mide por cuánto gritan, sino por lo que están dispuestas a arriesgar: comodidad, prestigio, pertenencia y, sobre todo, la posibilidad de admitir que se equivocaron.
Balancear una opinión sin traicionarse es posible sólo si dejamos de tratar al yo como una estatua. Cambiar no traiciona necesariamente a quien fuimos; a veces le hace justicia. La fidelidad más profunda no siempre es hacia una conclusión. Puede ser hacia un método: mirar, escuchar, contrastar, elegir, revisar.
Somos vacíos y complejos, sí, pero no porque carezcamos de contenido. Somos vacíos porque ninguna etiqueta logra llenarnos por completo, y complejos porque seguimos intentándolo. Necesitamos ideas para orientarnos, grupos para actuar y costumbres para no reconstruir el mundo cada mañana. El error aparece cuando olvidamos que eran herramientas y comenzamos a ofrecerles obediencia.
Tal vez la libertad no sea vivir sin influencias, algo imposible, sino aprender a reconocerlas; no pensar sin contradicciones, sino decidir cuáles estamos dispuestos a sostener; no habitar eternamente el sí o el no, sino saber por qué, cuándo y frente a quién pronunciamos cada uno. Y cuando dices “esta es mi opinión”, ¿qué parte de ella es realmente tuya: la idea que elegiste, el grupo que te enseñó a elegirla o el miedo a descubrir que podrías vivir sin ella?