La generación del fin del mundo
En 2018 parecía que la historia había cambiado de dirección, como si la dignidad hubiera encontrado una grieta por donde colarse.
Mi generación (Millenial tardía y Generación Z) nunca tuvo una relación normal con el futuro.
Nos dijeron que estudiáramos para conseguir trabajo mientras el planeta se calentaba. Que ahorráramos para comprar una casa mientras los precios se volvían absurdos.
Que creyéramos en las instituciones mientras las veíamos fallar una y otra vez. Nos enseñaron a planear el mañana en medio de una sensación permanente de derrumbe.
Y, sin embargo, aquí seguimos…
Somos la generación que cultiva plantas porque no puede comprar tierra. La generación que creyó que sería dueña de su tiempo y terminó aceptando contratos temporales, trabajos por honorarios y plataformas digitales que prometían libertad mientras diluían derechos conquistados durante generaciones. La generación que creció escuchando que la tecnología iba a facilitar nuestra vida y ahora ve cómo se utiliza para vigilar, manipular y perfeccionar la maquinaria de la guerra. La generación que vive los niveles de desigualdad más obscenos de la historia humana y que, aun así, recibe consejos financieros de personas que compraron una casa cuando costaba lo mismo que un automóvil usado y nos piden que “le echemos ganas”. La generación que hace scroll entre tutoriales de productividad, memes, guerras, incendios forestales, genocidios transmitidos en vivo y videos de gatitos, como si todo perteneciera al mismo universo.
A veces pienso que crecimos viendo el fin del mundo en cámara lenta; y quizá por eso mi generación, más que referentes, necesita pruebas.
Pruebas de que el futuro no estaba completamente hipotecado. Pruebas de que todavía existían personas intentando hackear este sistema de muerte y que todavía hay humanidad detrás de tanto algoritmo. Pruebas de que la cooperación pesa más que la codicia.
Pruebas de que la historia no ha terminado…
Tenía veintiún años cuando terminé mis estudios en Ciencia Política y Relaciones Internacionales. Entraba a trabajar en el gobierno federal durante uno de los momentos políticos más emocionantes que me ha tocado vivir. En 2018 parecía que la historia había cambiado de dirección, como si la dignidad hubiera encontrado una grieta por donde colarse. Había esperanza. Había entusiasmo. Había una convicción colectiva de que las cosas podían ser distintas. Y aunque muchas de esas expectativas no se cumplieron como imaginábamos, aquella experiencia me dejó una pregunta que me ha acompañado desde entonces: ¿cómo evitamos convertirnos en aquello que prometimos transformar?
Porque ese era mi miedo real: no fracasar, no equivocarme… Que el pragmatismo terminara devorando mis convicciones. Que las comunidades Mi miedo era convertirme en una adulta resignada. Que la rutina limara mi capacidad de indignarme. que me habían abierto sus casas, compartido sus luchas y enseñado otras formas de organizar la vida me miraran algún día y pensaran: “Una más que olvidó”.
Durante años busqué respuestas. Lo curioso es que lo que encontré fueron personas. Personas con una fe terca en lo colectivo.
Personas capaces de pasar horas imaginando cómo sería una transición energética justa para comunidades que probablemente nunca conocerán. Encontré jóvenes que discutían sobre energía como si estuvieran hablando de todo eso que aman, de aquello que duele y por lo que vale la pena luchar. Personas que todavía creen que el futuro puede diseñarse.
Eso encontré en Hackers por Nuestro Futuro.
Y no hablo de una organización. Hablo de una evidencia. Una prueba.
La prueba de que todavía existen jóvenes que se toman en serio la tarea de imaginar otros horizontes.
Recuerdo una de mis primeras reuniones: estábamos construyendo la teoría de cambio del movimiento. Suena técnico, incluso aburrido; pero ocurrió algo extraño. Mientras hablábamos de energía, comunidades, justicia y territorio, la conversación dejó de parecer un documento estratégico y se convirtió en una conversación sobre el mundo que queríamos habitar. De pronto entendí algo que nadie me había enseñado en la universidad. La diferencia entre una utopía y una estrategia no es la seriedad. Es el nivel de organización.
Quizá por eso una de las experiencias que más me ha marcado fue atravesar la Sierra Tarahumara para conversar con pueblos rarámuri sobre soberanía energética. Yo pensaba que íbamos a hablar de electricidad. Ellos me hablaron de relaciones; me explicaron que la energía no era únicamente algo que circulaba por cables: era aquello que mantenía unido al territorio con la comunidad. Aquello que sostenía la vida y nos permitía seguir existiendo.
Yo entendía la energía como recurso; ellos me hablaron de energía como vínculo. Y es que tal vez la pregunta más importante de nuestro tiempo nunca fue tecnológica, sino profundamente humana: ¿cómo sostenemos la vida en común?
Porque, si somos honestos, casi todas las crisis que enfrentamos hoy son crisis energéticas.
Por energía se libran guerras. Por energía caen imperios. Por energía se desplazan pueblos enteros. Por energía se reorganiza la economía global.
Pero también es la energía la que mueve una asamblea. La que sostiene una amistad. La que permite que una comunidad resista. La que hace que alguien siga sembrando futuro cuando todo parece perdido.
Durante años imaginé que el futuro estaba allá adelante, esperándonos, como una ciudad lejana dibujada en algún mapa. Hoy sospecho otra cosa: que el futuro no es un destino; es una práctica, una conversación, una asamblea, una amistad. Una decisión que se toma una y otra vez, incluso cuando todo parece indicar que es demasiado tarde.
Quizá por eso ya no me entusiasman las “grandes transformaciones de la vida pública”. Los cambios históricos rara vez empiezan con personas extraordinarias. Empiezan cuando personas comunes descubren que no están solas. Cuando encuentran a otras igual de tercas, igual de incómodas, igual de incapaces de aceptar que este es el único mundo posible.
Si algo me han enseñado estos años es que la esperanza no es optimismo: es organización. Mi generación creció viendo el fin del mundo en cámara lenta: incendios, guerras, desapariciones, derrames petroleros, democracias fracturándose.
Pero tal vez nos equivocamos de nombre, porque lo que estamos viendo no es el fin del mundo: es el agotamiento de una forma de organizarlo. Una forma basada en la extracción, el despojo y la fantasía de que podemos vivir desconectados de todo lo demás. Y entre las grietas de ese derrumbe, millones de personas siguen sembrando algo distinto.
A veces en una cooperativa.
A veces en una comunidad indígena.
A veces en una asamblea.
A veces alrededor de una mesa llena de jóvenes hablando sobre justicia climática.
Quizá esas son las pruebas que estaba buscando cuando tenía veintiún años.
La prueba de que el futuro todavía no pertenece a nadie y sigue siendo un territorio en disputa.
La prueba de que, incluso en tiempos de colapso, hay personas capaces de imaginar horizontes más grandes que el miedo y la avaricia.
Y que, mientras existan, ninguna generación será recordada por el mundo que perdió, sino por el mundo que se atrevió a construir.
*Líder de Vinculación e Incidencia en Hackers por Nuestro Futuro
Puedes formar parte de la Escuela de Liderazgo Climático de Hackers x Nuestro Futuro aplicando en este link: https://elc.nuestrofuturo.mx