La pasión por el juego

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La pasión por el juego
Roberta Tamayo
Y cuando la pelota entra a la portería, ese aire se vuelve un solo grito que sale por la garganta sin pedir permiso.
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Algo que no todos entienden con la profundidad que se podría.

Por más simple que sea un juego —patear un balón—, millones de personas viven para él.

¿Por qué?

Hay un instante, justo antes del gol, en el que todos dejamos de ser quienes somos. Todos, por una fracción de segundo, somos la misma persona conteniendo el mismo aire. Y cuando la pelota entra a la portería, ese aire se vuelve un solo grito que sale por la garganta sin pedir permiso.

Eso no se enseña, no se explica; solo se grita.

El amor por el fútbol no es algo que se elige. Nadie se sienta un martes por la tarde y decide que todos los meses va a sufrir por unos tipos pateando un balón. El fútbol llega antes; llega de niños, llega jugando en el jardín con tus hermanos o primos, con dos piedras haciendo de portería. Llega cuando alguien más grande te grita: "¡Pásala!", y por primera vez sientes que perteneces a algo.

Y ahora el Mundial está aquí. Otra vez. Por tercera vez en la historia, México abre las puertas de su casa y del renovado Estadio Ciudad de México. Ese estadio que vio coronarse a Pelé y a Maradona se convierte en el primero del planeta en recibir tres Copas del Mundo.

Nuestros abuelos tuvieron su Mundial, nuestros papás el suyo y este es el nuestro.

De las cosas más bonitas del fútbol no es ganar, aunque suene a consuelo de perdedor; de lo más bonito es lo que el fútbol le hace a una ciudad. Lo hemos visto en las calles durante los últimos partidos: miles de personas amontonadas, empapadas, y ni así se movieron. Llueve a cántaros y la gente sigue cantando, porque el clima es un detalle. La lluvia no apaga una fiesta así.

El fútbol es profundamente irracional, y por eso lo queremos tanto. La lógica no explica por qué se nos escapan las lágrimas cuando suena el himno, ni por qué seguimos creyendo, partido tras partido, cada cuatro años, contra toda evidencia.

Y luego está esa otra cosa: el fútbol nos devuelve el tiempo. Durante 90 minutos —a veces un par más— el mundo se detiene.

Se disfruta la compañía, se siente en el hombro a quienes ya no están mientras vemos el partido.

No hay deudas, no hay junta del lunes, no pesa el día.

Por eso volvemos.

Habrá quien diga que es solo un juego. Y sí, es solo un juego, igual que una canción son solo notas en orden.

Y lo que se mueve por dentro cuando México sale a la cancha, cuando el estadio entero empieza a cantar, cuando un niño ve por primera vez a su país jugar en su tierra, eso no cabe en la palabra "juego". Es pertenencia. Es amor.

Así que este verano, cuando suenen los silbatazos y el aire se llene de bocinas y banderas, cuando solo haya un nudo en la garganta, ganas de gritar y la certeza de que, llueva o truene, ahí vamos a estar.

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