Cuidando desde la L
Ser lesbiana: habitar la primera letra, la carga, el estigma.
La primera vez que me llamé lesbiana no fue hace tanto tiempo...
¡Lesbiana!, para algunos es una mala palabra; para otras, algo innombrable; para mí, ser lesbiana era algo lejano. Nunca quise decirlo de esa forma, tenía miedo. ¿Cómo era posible amar solo a las mujeres? ¿Qué significaba ser lesbiana?
La primera vez que le pregunté a mi mamá por una pareja de mujeres, ella no usó jamás la palabra "lesbiana"; me dijo que eran dos amigas que cuidaban juntas a una niña. «Seguramente son hermanas», pensé, pero ellas no lo eran... Viéndolo en retrospectiva, ellas eran la familia más estable que conocí hasta ese momento: vivían con su hija en una casa bonita, una de ellas era médica y atendía a sus pacientes en casa, y la otra tenía un trabajo godín. Se turnaban para llevar a su hija a la escuela, para ir a las juntas, incluso para cocinar y atender a toda la chiquillada que, encantadas, íbamos a ser entretenidas por ellas.
Pero... ¿quiénes eran las lesbianas? Las mujeres lesbianas siempre hemos sido las cuidadoras invisibles de la comunidad. En los años 80 se organizaron para ser enfermeras, acompañantes y gestoras de medicamentos cuando las familias biológicas y los hospitales públicos rechazaban a las personas enfermas. Las familias elegidas sostenían a la comunidad mientras la muerte y el dolor azotaban.
Entonces, ¿yo era lesbiana? «¿En qué fallé?», decía mi mamá. Ella no falló, no fue un error, nadie estaba equivocado; solo necesitaba un poco más de tiempo para entenderme, para nombrarme. Necesitaba conocerlas, reconocerme en sus líneas, leerlas, escucharlas, sentirme rodeada de mujeres que aman a otras mujeres y entonces pasó... ¡Yo era lesbiana! y un mundo cayó sobre mis hombros.
Todo comenzó a ser diferente. ¿Por qué todo cambió? Yo sigo siendo la misma. ¿Todo es distinto porque amo a una mujer?
La respuesta era sencilla: sí.
De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) del INEGI, el 28% de la población LGBTTTIQ+ en México ha manifestado ideación o intento suicida alguna vez en su vida (una cifra que triplica la media de la población general).
En poblaciones específicas como las mujeres lesbianas, el Diagnóstico Situacional de 2023 arrojó que el 57.4% reportó ideación suicida alguna vez en la vida.
Ser lesbiana: habitar la primera letra, la carga, el estigma. Cuidar desde el abandono institucional, desde la ignorancia; ser invisible en un sistema que cuida a las mujeres, pero que no ve a las mujeres que aman a otras.
El 78% de las personas cuidadoras de la comunidad reporta sentirse emocionalmente estresada. Además, el 61% manifiesta dificultades para descansar lo suficiente y el 28% posterga sus propias citas médicas para priorizar a la persona que cuida.
Ser una mujer lesbiana, activista, que habla de cuidados en espacios públicos, fue algo que pasó casi sin darme cuenta; pasó de manera orgánica como respuesta a mi propia historia.
El día de hoy vivo con mi novia y mi mejor amigo. Elegimos a nuestra familia y la vivimos bajo nuestros términos. Hemos tenido charlas nocturnas interminables sobre el acceso a la seguridad social de las familias elegidas, repensando y repasando preguntas en nuestras mentes... ¿Cómo sería si...? ¿Cómo le explicamos al IMSS que, aunque no tengamos los mismos apellidos, somos una familia? ¿Quién se queda con la pensión? ¿Qué onda con las aportaciones voluntarias? ¿Podemos sacar una casa juntes en el INFONAVIT?, si me muero, ¿te van a dejar ir por mí?...
¿Se lo imaginan ustedes? Un mundo en donde dos madres puedan tomar licencias de maternidad, en donde la tía lesbiana pueda darle seguridad social a su sobrino -quien no lleva los mismos apellidos-, o dos abuelos que crían a una nieta en la casa que compraron juntos. Para mí, el rostro del cuidado es femenino, pero también forma parte de la diversidad: es una mujer lesbiana y una mujer muxe, una persona no binaria y también lo es un hombre gay.
Nombrarme no solo como lesbiana, sino también como cuidadora, dejó de ser un peso que caía en mis hombros cuando entendí que cuidar era algo que podía vivir en comunidad; hablar de mis realidades, verme reflejada en tantos rostros, tantas y tantas cuidadoras que sentían lo mismo que yo.
El mes de junio es un espacio de reflexión, protesta y celebración. Tomar los espacios es mucho más que colgar una bandera de todos los colores; nombrar lo que nos duele, lo que nos atraviesa y nos detiene siendo parte de la comunidad también es tomar el espacio.
Hoy quiero invitarles a pensar fuera de la caja. Pensemos quiénes cuidan de la comunidad LGBTTTIQ+, ¿quiénes son las personas que sostienen a quienes luchan? ¿De dónde vienen? ¿Cuáles son sus realidades? ¿Qué estamos haciendo hoy para cuidar a quienes cuidan desde la diversidad?
*Mich Rosales es una apasionada defensora del liderazgo juvenil, la transformación social y el activismo con perspectiva feminista y de la comunidad LGBTTTIQ+. Actualmente se desempeña como Coordinadora Territorial y de Proyectos en Iniciativa Ciudadana, liderando la estrategia "Voces y Agentes". Su trabajo se centra en el diseño de laboratorios de innovación ciudadana, la articulación comunitaria y el uso de las narrativas como herramientas de impacto social. Como miembro del Grupo Asesor de Jóvenes de GOYN Ciudad de México, trabaja activamente en la construcción de agendas públicas y sistemas de cuidados inclusivos; asimismo, ha compartido su experiencia y perspectiva como voz activa en diversos foros y plataformas de diálogo a nivel internacional.