El México que no aparece en la foto del mundial

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El México que no aparece en la foto del mundial
María Fernanda Pérez Martínez
Parece increíble cómo el gobierno está haciendo su mayor esfuerzo para barrer la realidad de México bajo la alfombra y apoyar a los turistas en el Mundial,
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Los mexicanos siempre nos hemos identificado como amantes del fútbol. Un partido, ya sea de la selección o del Mundial, siempre nos une. Nos hace asistir al estadio y disfrutar de una cerveza, o prender el asador en casa; gritar, celebrar, emocionarnos y, a veces, compartir lágrimas. Ser la afición que pone el ambiente en el estadio y en las calles se ha convertido en una de las insignias de los mexicanos. 

Sin embargo, como todo, es una dualidad. Este Mundial se siente lejano y distinto. Esta vez, no se siente como los demás. Esta vez, el Mundial viene a nosotros y, en la preparación para recibir al mundo, es inevitable preguntarse: ¿dónde quedan los problemas que seguimos sin resolver en casa?

Este Mundial no solo ha puesto los reflectores sobre las realidades que azotan al país, sino que también ha mostrado cómo se intenta ignorarlas. ¿La más dolorosa? La indiferencia de quienes nos gobiernan. 

Pareciera que el Mundial que sí importa es el de las apariencias: el que es para todos, menos para nosotros; el que intenta proyectar una imagen de un país moderno y preparado, mientras que, de cara al Mundial, las verdaderas necesidades de los mexicanos vuelven a quedar en segundo plano. 

Las desapariciones en México, que actualmente superan las 133 mil personas, son ignoradas. Mientras las familias buscan a sus seres queridos bajo tierra y se movilizan para hacer un llamado a las autoridades para que atiendan la situación, el gobierno les cierra las puertas y continúa minimizando la magnitud del problema, sin contar que incluso sigue negando que se trate de un problema. Recientemente, el Comité Contra la Desaparición Forzada activó el artículo 34 de la Convención Internacional, que establece que la situación puede ser sometida a la consideración de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con el fin de prevenirla, prestar apoyo a las víctimas y orientar a los Estados sobre las medidas que deben adoptar. Aun así, la respuesta del gobierno ha sido desacreditar el informe y responder: “El día de hoy solo hablaremos de fútbol”. ¿Pero en verdad gozamos del lujo de hablar únicamente de fútbol? 

Las ausencias no se limitan únicamente a quienes han sido desaparecidos y a sus familias que los buscan. También están quienes, poco a poco, ya sea por el aumento incontrolado de los precios de las viviendas o como mera consecuencia de la situación criminal del país, han sido desplazados de su propia ciudad. 

De acuerdo con el medio Bloomberg News en un reporte hecho por Alex Vásquez, plataformas como Airbnb, en su búsqueda por expandirse a las zonas “de moda” en la Ciudad de México y la presión en el mercado inmobiliario, residentes de esas zonas se han enfrentado a la poca disponibilidad de viviendas, altos costos y se han visto forzados a dejar los vecindarios en los que llevaban viviendo años para buscar algo más accesible en la periferia. En los últimos meses han circulado imágenes de los desalojos que han dejado edificios completamente vacíos y personas en las calles. Hasta el momento, no ha habido un paso firme hacia una ley que regule el aumento de las rentas y evite que las personas terminen sin hogar. En este contexto, se cuenta con la capacidad para albergar a los extranjeros que acuden al mundial, pero ¿a costa de quiénes? ¿Quién aloja a los propios ciudadanos? 

El desalojo y el desplazamiento en México no solo se hacen presentes en los vecinos que tuvieron que buscar una vivienda más barata en las periferias de la Ciudad de México. De cara al Mundial, el país se enfrenta a un desbordamiento de violencia perpetrada por grupos criminales. Comunidades enteras se han visto solas en la lucha contra grupos armados y esta confrontación, desafortunadamente, no es proporcional. 

En comunidades de los estados de Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Chihuahua, entre otros, donde la violencia se desborda y las víctimas son los mexicanos, las omisiones y la falta de control por parte de las autoridades han permitido que estos grupos tengan plena capacidad para despojar, desplazar, ejercer trabajo forzado, extorsionar y aterrorizar a la población. Aun con esto, el gobierno de Claudia Sheinbaum anunció el “Plan Kukulkán”, que consiste en un despliegue de 100,000 efectivos de seguridad en las ciudades sedes mundialistas, con el fin de recibir a los turistas en un ambiente controlado y proveerles seguridad.

Además del plan propuesto por la presidenta, en la Ciudad de México, con el operativo “Estadio Seguro”, el despliegue de agentes de la policía incluyó capacitaciones en inglés y francés para atender a los turistas. Parece increíble cómo el gobierno está haciendo su mayor esfuerzo para barrer la realidad de México bajo la alfombra y apoyar a los turistas en el Mundial, mientras deja a un lado a millones de mexicanos que se enfrentan a la violencia que vive el país. Al parecer, al final del día no es una cuestión de falta de recursos ni de elementos que brinden seguridad. Se trata de una mera falta de voluntad política, porque cuando existe interés, el esfuerzo institucional y los recursos necesarios surgen con rapidez. 

El gobierno central y los gobiernos locales de las ciudades sede —Guadalajara, Monterrey y Ciudad de México— se han esforzado por impulsar mejoras para fortalecer su imagen. Pero hay dos preguntas que me hago: ¿Mejoras para quién? ¿Realmente nos están dando lo que necesitamos? 

Además, las “mejoras” se concentran únicamente en las tres ciudades sede, mientras que el resto del país enfrenta rezagos que quedan fuera de la discusión política. Lo preocupante es que las prioridades no se definen en un país que tiene resueltos sus problemas más urgentes, sino en uno marcado por profundas desigualdades, donde millones de personas enfrentan carencias básicas mientras los recursos se concentran en proyectos destinados a mejorar la imagen de México ante el mundo. 

De acuerdo con el informe “Oligarquía o democracia” publicado por Oxfam México en 2026, el 1 % más rico de la población percibe el 35 % del ingreso total y posee el 40 % de la riqueza privada nacional. Esta concentración extrema convive con 18,8 millones de personas sin acceso a una alimentación nutritiva y de calidad, y con 38,5 millones de personas con carencias sociales o ingresos por debajo de la línea de bienestar. 

Si bien recuperar la inversión pública y orientarla al desarrollo de infraestructura social y productiva son condiciones indispensables para un crecimiento justo y redistributivo que reduzca esta enorme brecha, el gobierno parece haber convertido en prioridad la construcción de una mejor fotografía para el Mundial.

Frente a una situación alarmante y a una afición mexicana emocionada, son muy pocos los que tienen la posibilidad de asistir a los partidos que nuestro país albergará. De acuerdo con un ejercicio realizado por el medio Expansión, basado en los salarios mínimos vigentes en 2025 y los precios publicados por boleto en México, tan sólo para adquirir el paquete más sencillo, un mexicano tendría que trabajar entre 263 y 282 días a salario mínimo, considerando que ahorre íntegramente su sueldo. 

Por si fuera poco, incluso ver los partidos por televisión tiene un costo, por lo que diferentes establecimientos estarían expuestos a pagar una multa si no cuentan con los derechos correspondientes. Entre esta situación y el caos de los últimos días, en el que se muestran imágenes de bardas en diferentes espacios de celebración y reunión en las ciudades sedes para impedir el paso, en realidad, ¿la Copa Mundial y la “pelota” están regresando a casa?

Además, la Ciudad de México enfrenta problemas estructurales que ponen en duda su capacidad para albergar un evento de esta magnitud, como inundaciones recurrentes, la falta de un sistema de desagüe eficiente y una planeación urbana eficaz, y un sistema de movilidad de transporte público que a menudo sufre retrasos por fallas técnicas debido a una infraestructura antigua, donde, de acuerdo con Nicolás Rosales Pallares, presidente de la Asociación Mexicana de Transporte (AMTM), el promedio de traslado es de dos horas y media. 

La prioridad otorgada a la imagen también se reflejó en proyectos como la famosa “ajolotización”, impulsada por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada. Mientras millones de pesos fueron destinados a embellecer temporalmente la ciudad, problemas mucho más urgentes siguen sin atención. Incluso resulta irónico: se invirtió en pintar ajolotes con fines estéticos y de orgullo nacional, mientras el propio ajolote enfrenta problemas ambientales que amenazan su supervivencia en los humedales de Xochimilco. 

El problema no está en ser la sede del Mundial; el problema es que México no estaba preparado para serlo. Esos millones de pesos gastados, provenientes de recursos públicos, han sido redirigidos a todo menos a atender las verdaderas necesidades de la población. Cada peso gastado en la dichosa  ajolotización, remodelaciones y, seamos sinceros, candelabros en las estaciones de metro que han sido una burla en internet es un peso que pudo servir para atender lo que de verdad importa. Y un evento de esta magnitud pudo haber representado una oportunidad para invertir en infraestructura verdaderamente útil, destinada a fortalecer los servicios públicos y mejorar la calidad de vida de quienes habitan las ciudades sedes. Sin embargo, se priorizó la imagen por encima de soluciones que abordaran los problemas de fondo. 

Creo que quizá por eso este Mundial se siente distinto. Porque detrás de las apresuradas renovaciones, campañas promocionales y embellecimiento de las ciudades, existe un México que difícilmente aparecerá en las transmisiones internacionales y que tampoco ocupa un lugar prioritario en la propia agenda gubernamental. Es el México de las familias que buscan a sus desaparecidos, el de quienes han sido expulsados de sus hogares, el de quienes viven bajo el desbordamiento de la violencia día tras día. 

Tampoco aparecerán las carencias en la infraestructura que persisten en todo el país, ni las dificultades a las que millones de mexicanos se enfrentan para acceder a servicios básicos dignos. Tampoco se verán aquellos que no podrán participar en la fiesta mundialista debido a los altos costos, la desigualdad estructural y las barreras de acceso. Mucho menos, aparecerán los animales, que pese a formar parte de la identidad y hasta incluso de la imagen del propio evento, siguen enfrentando abandono y falta de protección adecuada para la conservación de sus hábitats. Y, sin duda, no aparecerá aquella realidad que es imposible ignorar: la protección de aquellos narcopolíticos que permiten que se sigan perpetuando redes de corrupción, impunidad y vínculos con el crimen organizado que operan sin consecuencias alguna. 

Porque en la foto que presenta México en el Mundial caben estadios renovados, calles pintadas, estaciones de metro sofisticadas y la imagen de un país listo para recibir al mundo. En este Mundial todos tienen un lugar en la foto, menos los que de verdad importan. Y, una vez más, ¿dónde está la atención del gobierno? No donde debería estar.

Porque mientras el mundo mira hacia México, los mexicanos seguimos esperando a que nos miren a nosotros.

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