A la niña que fui

A la niña que fui
Mariana Lara
A esa niña que soñaba con un restaurante grande, quiero decirle que la vida no fue exactamente como la imaginaste.
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De chiquita te gustaba jugar a cocinar.

No importaba que la cocina fuera de plástico, que las ollas no calentaran y que la comida fueran pedacitos de papel o plastilina. Te encantaba ayudar a preparar la comida y hacer brownies con tus amigas. Decías que algún día ibas a tener un restaurante, uno grande como el de Ratatouille. Imaginabas mesas llenas, gente riéndose, platos saliendo sin parar y tú caminando entre ellas, segura, como si ya supieras exactamente qué hacer.

A esa edad, los sueños eran claros.Y la vida también.

Creías que crecer era simplemente avanzar. Que el amor era algo permanente y las personas que querías siempre estarían. Si algo dolía, alguien podría arreglarlo. El mundo parecía grande, pero también amable.

Eras curiosa y amigable. Observabas mucho. Te fijabas en los gestos, en las conversaciones de los adultos, en los silencios. Había cosas que no sabías nombrar, pero que, de alguna forma, ya te estaban formando. Eras feliz.

Había tardes largas, risas que parecían no acabarse, y una sensación constante de estar protegida. Te sentías querida, acompañada y creías, afortunadamente, que así sería siempre.

Me gustaría decirte que nada de eso cambia. Pero crecer también significa descubrir cosas que nadie te explica.

Habrá momentos en los que te sentirás distinta, incluso sin saber por qué. Aprenderás que hay silencios que pesan y palabras que se quedan contigo mucho más tiempo del que quisieras. Tendrás días en los que te sentirás sola aunque estés rodeada de gente, y notarás que creciste más rápido de lo que querías.

Descubrirás que el mundo no siempre es tan sencillo. Vendrán experiencias que te cambien y heridas que no todos van a notar, a veces ni tú misma. Algunas tardarán en sanar, otras dejarán marcas más profundas. Habrá dolores tan pesados que te harán dudar si puedes seguir adelante.

Vas a llorar de tristeza, frustración, miedo y cansancio. Tendrás días en lo que te preguntarás si estás haciendo lo correcto, si encajas, si estás en el lugar indicado. También te enojarás. Verás que el mundo está lleno de injusticias y cuestionarás cosas que antes dabas por hechas.

Afortunadamente, aquí seguimos.

Porque, aunque todo eso exista, también hay cosas que permanecen. Se queda el amor, la felicidad, la curiosidad, la capacidad de emocionarte, la ternura que te habita incluso cuando no lo notas. 

Tu familia sigue aquí. No es perfecta, tiene sus contradicciones, pero siempre encuentra la manera de demostrar cariño. Te quiere, te sostiene y está ahí incluso cuando no sabe exactamente cómo ayudarte. Aprenderás a verles con otros ojos, a entenderles como personas que, como tú, también están aprendiendo. Reconocerás que, en medio de las diferencias, el amor es constante. Serán tus grandes porristas, quienes te apoyarán en todos tus sueños aunque implique mover cielo, mar y tierra. 

Hay personas que alguna vez juraste que estarían contigo toda la vida, y hoy ya no están. Lo que todavía no sabes es que algunas de las más importantes aún no han llegado. Serán quienes te sostengan cuando sientas que te caes. Van a escuchar tus dudas, tus miedos, tus anhelos. Reirás hasta que te duela el estómago y tendrás silencios que se sentirán en paz.

Esas amistades serán tan genuinas que, sin darte cuenta, se convertirán en familia. Entenderás que la familia también puede elegirse y que muchas veces llega justo cuando más la necesitas.

Encontrarás felicidad rodeada de miles de personas coreando tus canciones favoritas. Habrá festivales, bandas y artistas que te marcarán, noches que recordarás durante años. Los conciertos se convertirán en uno de tus lugares favoritos

Los deportes que nunca llamaron tu atención serán tus favoritos, irás al estadio de beisbol con tu familia, amarás estar ahí y gritar a todo pulmón “¡Venga Diablos!”; también le gritarás a la tele cuando los Astros no cachen una pelota que según tu, estaba fácil. De forma inesperada te pararás muchos domingos a las seis de la mañana a gritarle a coches que dan vueltas y mecánicos que todavía no entiendes muy bien qué hacen. 

Entre todo eso, vas a descubrir algo que hoy todavía no imaginas.

Pensabas que serías chef. Que abrirías un restaurante, usarías ese gorro enorme y harías feliz a la gente con comida. Y aunque esa niña aún vive dentro de ti, el camino cambió.

Encontraste el periodismo.

Encontraste las historias, las preguntas y un micrófono, con él, una forma distinta de existir. Descubriste que podías escuchar, contar y crear espacios donde otras personas también se sintieran acompañadas.

Y sin darte cuenta, empezaste a cumplir sueños que nunca soñaste.

Vas a hacer cosas que hoy te parecerían imposibles. Vas a sentir miedo, a dudar, a pensar que no eres suficiente. Pero también te llenarás de orgullo. Mirarás atrás y entenderás que, aunque el camino no fue como lo imaginaste, sí fue tuyo.

Mi niña pequeña, espero que nunca leas esto.

Espero que te sorprendas por todo lo que esta vida traerá para ti. Que te rías sin saber lo que viene y confíes sin imaginar que también vas a aprender a soltar.

Espero que llores cuando tengas que llorar, que te enojes cuando algo te duela y que aprendas de esos dolores. Pero sobre todo, espero que descubras el amor que te rodea: el de tu familia, el de las amistades que aún no conoces, el de los sueños cumplidos que ni siquiera imaginabas y los nuevos propósitos que vas a encontrar en el camino.

Espero que cada sorpresa sea tuya, que cada logro te encuentre sin aviso y que cada abrazo llegue sin anticiparse. 

A esa niña que soñaba con un restaurante grande, quiero decirle que la vida no fue exactamente como la imaginaste. Pero aún hay mesas llenas, las risas siguen y llegan personas nuevas. Ahora se ven diferentes, y de forma distinta intentas hacer lo mismo que querías cuando eras pequeña: que la gente se sienta acompañada.

Por eso, mi niña pequeña, espero que nunca leas esto y que todo lo que venga te enseñe a amar mejor la vida que te espera.