Nadie siembra en tierra que tiembla

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Nadie siembra en tierra que tiembla
Dayana Arreola.🍄
¿Cómo le pides a alguien que traiga una vida al mundo cuando apenas puede salir de su casa sin miedo?
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En México, salir de casa es un acto de valentía. Y no hablo de hazañas ni de aventuras: hablo de lo cotidiano. Ir a la escuela, llegar al trabajo, volver. Regresar, sobre todo, se ha vuelto una pequeña victoria que celebramos en silencio cada noche, cuando cerramos la puerta y mandamos el “ya llegué”.

Y aunque no lo parezca, eso tiene todo que ver con la baja natalidad. No es un capricho generacional ni una moda de redes. ¿Cómo le pides a alguien que traiga una vida al mundo cuando apenas puede salir de su casa sin miedo?

No es que hayamos dejado de soñar con una familia; es que nadie siembra en tierra que tiembla. Ninguna semilla se deja caer donde el suelo está seco, donde el agua no llega, donde la noche es peligrosa. Una generación entera está guardando sus semillas en el bolsillo, esperando una tierra que no le cobre la vida por florecer.

Tal vez la pregunta no es por qué nacen menos niños en México. Tal vez la pregunta correcta es: ¿qué país les estamos ofreciendo?

Porque querer un hijo es un acto de esperanza. Y la esperanza, como todo en este país, también se ha vuelto un lujo.

Vivimos en un país donde hemos aprendido a llamar privilegio a lo que debería ser lo mínimo. Privilegio es tener un trabajo de más de ocho horas, aunque pague menos de lo justo. Privilegio es tener una familia completa, sin un padre ausente, sin un hijo, una hermana o un primo convertido en otro expediente por desaparición. Porque en México las madres ya no solo son madres: también son buscadoras. Salen con pala y fotografía en mano a buscar aquello que más aman, mientras el resto del país sigue su rutina.

Y son ellas, las buscadoras, de quienes hace unas semanas se revivió el caso de denuncia de haber encontrado en Zacapu, Michoacán, cerca de 1,600 dientes de leche entre la tierra y la ceniza. Presuntamente dientes de leche. De esos que se guardan en una cajita, que se ponen bajo la almohada esperando al Ratón Pérez. Esos que no son de adultos. Son de niños que apenas iban en primaria, o que ni siquiera habían llegado a ella.

Las autoridades todavía no lo confirman. Pero la pregunta ya está en el aire y nadie la contesta: ¿dónde están esos niños?

Hemos normalizado tanto la desaparición que casi aprendimos a consolarnos con que la persona “ya había vivido”. Pero ¿qué consuelo existe cuando lo que queda es un diente que todavía no se caía solo?

Y en medio de todo esto, se habla con preocupación de la baja natalidad.

Qué curioso. Durante años nos pidieron que cerráramos las piernas. Lo hicimos. Y ahora les preocupa que no tengamos hijos. Lo dicen quienes nunca van a cargar un embarazo, a quienes no les cambia el cuerpo, a quienes no les toca dejar el trabajo, ni las noches, ni la salud. Nos exigen hijos, pero no nos garantizan que vayan a crecer.

Yo, como muchas mujeres de mi círculo cercano, lo he platicado más de una vez: todavía no nos sentimos preparadas. Y no por falta de ganas. Tal vez sí queremos hijos. Pero miramos alrededor y vemos familias marcadas por la ausencia de un padre. Vemos que casi todas tenemos, o conocemos, a alguien que desapareció. Y como cereza del pastel, vemos los sueldos y los precios de lo más básico, de nuestras cosas del día a día, y entendemos que no es viable.

No es que no queramos formar una familia. Es que nuestro alrededor está tan lleno de límites y de fracturas que, a veces, parece más cruel traer a alguien a sufrir que dejar ese sueño de lado y simplemente sobrevivir.

Cuando veo en redes maternidades deseadas, acompañadas, sostenidas, me parecen preciosas y admirables. De verdad. Pero también sé que muchas veces lo que vemos es la foto, no la vida diaria. La toma perfecta, no las noches sin dormir, las cuentas que no cuadran o el cansancio de estar con un hijo 24/7 sin una red que te sostenga. Porque criar también es otro tema, uno del que casi nadie habla cuando nos preguntan “¿y los hijos para cuándo?”.

Así que no, no es egoísmo. Es cuidado. Es no querer heredar el miedo. Es no querer que un día lo único que quede de un hijo sea un diente de leche en la tierra. Es esperar, con las semillas todavía en la mano, a que este país se vuelva un lugar donde florecer no sea un acto de valentía.