El arte de sentirlo todo
Las mariposas no paralizan; anuncian movimiento.
A veces la vida se resume en unos cuantos segundos antes de que algo grande suceda.
Segundos en los que el mundo se queda quieto, el aire parece más denso y el corazón empieza a latir con un ritmo que solo tú puedes reconocer. Es ahí, justo ahí, donde nacen las mariposas: en ese espacio íntimo donde conviven el miedo, la emoción, la esperanza y una especie de luz interna que no sabes explicar, pero que sientes profundamente.
Yo siempre he tenido mariposas así. Mariposas que aparecen antes de una competencia de escalada, antes de un examen de medicina, antes de cualquier momento en el que sé que estoy empujando mi vida hacia adelante, aunque sea un milímetro. Y creo que aprender a disfrutarlas ha sido una de las decisiones más hermosas de mi camino.
Porque sentirlo todo —lo bueno, lo incómodo, lo que pesa, lo que ilumina— es un arte. Un arte que se aprende con los días, con los tropiezos, con los dolores y con las victorias pequeñas que casi nadie ve.
Sentirlo todo es lo que me mantiene humana.
Y también, lo que me mantiene creciendo.
Hay una belleza extraña en la ingenuidad con la que empezamos los sueños. Esa chispa que nace en el pecho antes de que existan las pruebas, antes de que sepamos cómo hacerlo, antes incluso de que tengamos el lenguaje para describirlo. Esa ingenuidad es un regalo. Es ese impulso limpio que te hace creer que puedes, aunque el mundo te diga que no estás lista.
Y quizá no lo estás.
Pero empiezas igual.
Y eso es lo que importa.
La vida está llena de rutas que parecen más altas de lo que son, de libros que parecen más pesados de lo necesario, de momentos donde el cuerpo tiembla y la mente duda. Pero ahí, justo ahí, es donde nos descubrimos. En el punto en el que podrías detenerte, pero no lo haces. En el instante en el que la respiración se entrecorta, pero aun así das el siguiente paso. En ese silencio previo a la caída… o al vuelo.
He aprendido que los nervios no son un enemigo. Son un lenguaje. Una forma de mi cuerpo de decirme: “Esto importa”. Son precisión emocional. Me vuelven más consciente, más presente, más viva. Me recuerdan que estoy caminando hacia algo que soñaba desde antes de saber que tenía derecho a soñarlo.
La presión también es una extraña forma de belleza. Es dura, sí. A veces se siente como un peso que quiere doblarte, como una sombra que te sigue, como una expectativa que parece estar siempre un poco por encima de ti. Pero la presión solo aparece cuando algo vale la pena. Cuando tú misma elevaste tus estándares. Cuando decidiste construir un nombre, un camino y una vida que te exija crecer.
La presión y yo tenemos una relación silenciosa.
Ella me empuja; yo respiro.
Ella me aprieta; yo avanzo.
Ella me prueba; yo me descubro.
Y aunque a veces me ha hecho llorar, también me ha hecho fuerte.
En el camino he conocido personas que se sienten como luz. Gente con historias que inspiran, con cicatrices que enseñan, con experiencias que se vuelven puentes. Personas que te recuerdan que puedes reír incluso en mitad del caos, aprender incluso cuando estás agotada, disfrutar incluso cuando estás presionada. Mantener cerca a los buenos es una forma de proteger el alma.
Pero también he aprendido a mirar atrás. A recordar quién estuvo conmigo desde antes de mis primeros sueños, antes de mis primeras metas, antes incluso de mis primeras mariposas. Mi familia. Mis amigos. Las personas que me sostuvieron cuando yo no sabía sostenerme sola. Las que celebraron mis pequeñas victorias como si fueran gigantes. Las que me dieron amor sin condiciones.
Ellos son mi raíz.
Mi origen.
Mi punto de partida.
Mi hogar.
Y quiero llevarlos conmigo a donde sea que vaya. Porque nada grande merece ser vivido completamente sola.
Hay un momento —uno muy especial— en el que te das cuenta de que cada paso, cada nervio, cada noche sin dormir, cada caída, cada impulso ingenuo, cada abrazo y cada silencio estaban construyendo algo más grande que tú misma: estaban construyendo a la mujer en la que te estás convirtiendo.
Y eso es quizá lo más hermoso del camino: darte cuenta de que no se trata solo de llegar a un lugar, sino de transformarte mientras llegas.
Yo quiero seguir sintiendo mariposas.
Quiero seguir temblando un poco antes de empezar.
Quiero seguir siendo ingenua en el mejor sentido.
Quiero seguir dejándome presionar por mis propios sueños.
Quiero seguir emocionándome por cosas que todavía no existen.
Quiero seguir creciendo, incluso cuando duela.
Quiero seguir sintiéndolo todo.
Porque si dejo de sentir, dejo de vivir.
Y si dejo de vivir, dejo de avanzar.
El arte de sentirlo todo no trata de hacerlo perfecto. Trata de hacerlo real. De vivir con el corazón abierto, incluso cuando sería más fácil cerrarlo. De caminar sabiendo que cada latido, cada nervio y cada lágrima forman parte de una historia que vale la pena contar.
Y si las mariposas siguen apareciendo, aunque sea en silencio, entonces sé que voy bien.
Sé que estoy en el camino correcto.
Sé que estoy viva de la manera más verdadera.
Sé, sobre todo, que sigo siendo yo.
Y que estoy exactamente donde debo estar.
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