Crecer tomadas de la mano
Volver a donde todo empezó nos ayuda a reconocer lo que ya no somos.
Acaba de empezar mi última primera semana de universidad, rodeada de donde todo empezó. Las mismas amigas, el mismo salón, las mismas mesas donde tomar el sol… pero algo cambió. El salón ya no es tan grande como antes, las mesas están más desgastadas y nosotras, más crecidas.
Durante estos días, la mayoría de las personas nos han preguntado por qué pedagogía: si era lo que esperábamos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Algunas respuestas son claras, como las ventanas del salón; otras, tan borrosas como la idea de graduarnos en 80 días.
Existe cierta belleza en el duelo: dejar ir un lugar que ha sido nuestro hogar los últimos tres años y medio. Un lugar que ha presenciado nuestras altas y bajas, noches en vela preparando un examen, debates apasionados, silencios y risas compartidos. Un espacio que nos ha sostenido incluso cuando no sabíamos bien lo qué hacíamos, pero sí con quiénes queríamos compartirlo.
Tal vez, es ahí donde nace nuestra complicidad, en habitar juntas la incertidumbre, en crecer de la mano, en aprender que el futuro no se traza en una línea recta, sino en matices que se dibujan entre quienes caminan a tu lado.
Volver a donde todo empezó nos ayuda a reconocer lo que ya no somos. Las preguntas cambiaron de forma, las respuestas se escuchan distinto y el tiempo nos ha enseñado a mirar con más paciencia. Quizá por eso, el salón se siente más pequeño: porque ya no venimos solo a ocuparlo, sino a habitarlo.
Y tal vez eso también sea parte de aprender: aceptar que no todo se ve nítido, pero aún así elegimos crecer tomadas de la mano.
Contacto: reginacastillolima@gmail.com
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