Un guion silencioso
El lenguaje no solo estaba en las palabras, sino en los cuerpos: en quién podía moverse, ensuciarse, quién ocupar espacio; y quién debía proteger, ordenar y atender.
El juego en la infancia es esencial para el desarrollo cognitivo-social. Todas tenemos recuerdos de los juegos que marcaron esa etapa. El mío era la casita.
Siempre me ha resultado extraña la nitidez del mismo: nuestros jumpers cafés, batitas almidonadas y los suéteres que usábamos como bebés. En ese momento, todo el juego parecía inocente, una simple imitación de la vida adulta que nos rodeaba; sin embargo, hoy concibo su significado: estábamos aprendiendo a cuidar.
Nadie nos explicó qué significaba ese cuidado, pero todo a nuestro alrededor lo hacía evidente. Las emblemáticas batas, los jumpers y los zapatos incómodos eran elementos que comenzaban a escribir un guion silencioso. El lenguaje no solo estaba en las palabras, sino en los cuerpos: en quién podía moverse, ensuciarse, quién ocupar espacio; y quién debía proteger, ordenar y atender. Así, poco a poco, se dibujaban los matices del mandato femenino: cuidar, proteger y atender antes que decidir.
Dicho mandato puede entenderse como una imposición histórica sobre la cuerpa femenina, educada para estar disponible para el otro: cuidar, escuchar y reparar, incluso a costa de sí misma.
Este aprendizaje no ocurre por accidente. La escuela es uno de los primeros espacios donde el género se aprende antes de que podamos nombrarlo. Más allá de los contenidos formales, opera el currículo oculto, concepto desarrollado por Philip W. Jackson (1968), que alude a todo aquello que se enseña sin declararse: normas, gestos, silencios y expectativas corporales.
En el aula, el mandato femenino se transmite cuando a algunos se les permite moverse, explorar y ensuciarse, mientras a otras se les asigna el orden, el cuidado y la contención. Así, el cuidado deja de ser una elección y se convierte en una obligación naturalizada. La pedagogía cotidiana no solo organiza el aprendizaje académico, sino que moldea cuerpos disponibles para sostener a otros, incluso antes de que puedan decidir por sí mismos.
El problema no radica en el juego de la casa. El problema es que nunca se nos dijo que podíamos dejar de jugar, que cuidar no tenía que ser nuestro destino ni una deuda a pagar, que también teníamos derecho a ocupar espacio, a ensuciarnos, a no reparar.
Por ello, la pregunta parece inevitable: ¿qué pasa con las niñas que no cuidan? Porque el mandato femenino no solo enseña a cuidar, sino que también disciplina y sanciona a quienes nos atrevemos a salir del guion.
Referencias: Jackson, P. W. (1992). La vida en las aulas (2.ª ed.). Ediciones Morata.
Contacto: reginacastillolima@gmail.com
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