La intimidad de vivir el proceso
Hay procesos que florecen mejor en silencio, cuando se viven cerca del corazón antes de ser compartidos.
2025 me dejó una de las lecciones más importantes de mi vida hasta ahora: no todo lo que crece necesita ser visto para existir. Hay procesos que florecen mejor en silencio, cuando se viven cerca del corazón antes de ser compartidos. Escribo esta columna para no olvidarlo y para volver a ella cada vez que lo necesite.
Durante los últimos meses viví un proceso que, aunque nació desde un objetivo muy concreto, terminó transformándose en algo mucho más profundo. Hago teatro musical y, desde que tengo memoria, mi sueño más grande ha sido presentarme en los grandes escenarios. Hace aproximadamente un año comenzó a correr el rumor de que un musical de gran formato llegaría a la ciudad y, en cuanto lo supe, entendí que tenía que prepararme. No solo para una audición, sino para convertirme en una versión más entrenada, más consciente y más presente de mí misma.
Durante más de un año trabajé para llegar ahí: tomé clases, entrené mi cuerpo, cuidé mi energía y aprendí a habitarme mejor, tanto física como mentalmente. No era la primera vez que me preparaba para audicionar, pero sí fue la primera vez que decidí hacerlo de una manera distinta.
Esta vez elegí el silencio.
Al principio fue por inseguridad. No quería cargar con expectativas ajenas ni sentir que debía cumplirle a nadie más que a mí. Decidí que solo las personas necesarias supieran de este proceso: mi mamá, mi novia y mis maestros. Me daba miedo que otros (especialmente quienes hacen lo mismo que yo) me vieran fracasar o confirmar ese pensamiento tan cruel que a veces nos repetimos: “no soy suficiente”.
Pero en ese silencio que comenzó desde el miedo, encontré algo inesperado: paz. Convertí este proceso en un espacio íntimo, solo mío. Empecé a reconocerme día con día: mis miedos, mis inseguridades, mis avances, mis caídas, mis ganas de seguir. Viví cada paso sin la necesidad de explicarlo ni documentarlo, y en ese acto descubrí una cercanía conmigo misma que nunca antes había tenido.
Lo que creí que era solo un camino hacia una audición terminó siendo un reencuentro. Me permitió soltar expectativas que no eran mías, creencias heredadas, comparaciones innecesarias. Empecé a construir mi camino con calma, ladrillo por ladrillo, desde un lugar mucho más honesto.
En una era en la que pareciera obligatorio mostrarlo todo, vivir este proceso sin una cámara encendida se sintió casi como un acto de rebeldía. Y aunque tener un registro visual habría sido una forma bonita de recordar este tiempo, la intimidad que construí conmigo misma es algo que nadie puede quitarme.
Cuando finalmente llegaron las audiciones, entendí que el verdadero logro no estaba solo en llegar más preparada, sino en llegar más conectada. Me permití ser vulnerable, humana, presente. Y, por primera vez, sentí una claridad interior que no dependía del resultado.
Comments ()