La marcha que no me convenció
No somos ciegos ante la realidad: vemos las desapariciones, los asesinatos, la violencia que nos rodea.
El 15 de noviembre, mientras miles de personas salían a las calles en una marcha que se extendió por al menos 35 ciudades de México, yo decidí no salir. No fui porque tenía otro compromiso, pero la verdad es que tampoco estoy del todo segura de si habría ido de no ser por eso. No es apatía, o al menos no lo creo; es más bien una duda que me carcome desde hace días, una que nace de ver cómo este movimiento, que se presenta como la voz de la Generación Z, se entremezcla con otras corrientes y pierde un poco de su esencia juvenil en el camino. Y es que, mientras escribo esto, no puedo dejar de pensar en cómo esta movilización, detonada por el asesinato de Carlos Manzo, el alcalde de Uruapan, Michoacán, acribillado a balazos el 1 de noviembre durante una celebración familiar, se convirtió en un grito colectivo contra la violencia que nos asfixia, pero también en algo que me hace cuestionar si realmente es “nuestro” movimiento o si se ha diluido en algo más amplio, más adulto, más político en el sentido tradicional.
Entiendo el atractivo del movimiento de la Generación Z: es un pulso contra el status quo, una rebelión de jóvenes que se oponen al gobierno en turno. Su bandera es la de One Piece, esa calavera sonriente con sombrero de paja, símbolo de libertad y aventura en el anime, que ondeó gigante en el Zócalo y en pancartas por toda la marcha. Suena fresco, irreverente, con un toque de fantasía que lo hace accesible para una generación que creció con estas series. Pero en México, al menos en esta edición, pareciera que ha mutado. De las imágenes y reportes que vi (y que circularon por todos lados, desde Twitter hasta noticieros), se notaba una mezcla que recordaba más a la Marea Rosa que a una revuelta puramente juvenil. Nada malo con la Marea Rosa, por cierto: yo misma fui a una de esas marchas hace tiempo y me consta que son eventos tranquilos, organizados, con un ambiente casi cívico. Las personas que van suelen ser de clase media-alta, con trabajos estables, familias que pueden permitirse el lujo de protestar sin miedo a represalias inmediatas.
Pero si comparamos con las protestas de la Gen Z en otros países, como en Bangladesh o Nepal, la diferencia salta a la vista. En Bangladesh, en 2024, los jóvenes derrocaron al gobierno de Sheikh Hasina tras semanas de manifestaciones violentas que dejaron cientos de muertos y un país en llamas. En Nepal, apenas en septiembre de este año, las protestas escalaron a tal punto que incendiaron el Parlamento, forzaron la dimisión del primer ministro KP Sharma Oli y dejaron al menos 19 fallecidos en enfrentamientos con la policía. Eran revueltas crudas, caóticas, impulsadas por un hartazgo visceral contra la corrupción y la desigualdad, donde la violencia no era un accidente, sino parte del lenguaje de la desesperación.
Aquí, en México, cuando pasó lo de Nepal, recuerdo haber visto comentarios en redes: “¿Cuándo nos toca a nosotros?”. Y quizás el asesinato de Manzo fue esa gota que derramó el vaso, el catalizador que encendió la mecha. No digo que lo usaran como excusa; al contrario, creo que todos deberíamos estar indignados por un crimen tan descarado, tan impune. Pero no puedo evitar preguntarme por qué esta indignación no fue igual de masiva con otros casos. En lo que va del gobierno de Claudia Sheinbaum, que apenas lleva poco más de un año, se han registrado al menos 56 asesinatos de actores políticos, según reportes de organizaciones como Integralia, y, entre ellos, 10 alcaldes han sido asesinados: esto es, uno cada mes, en promedio.
¿Por qué Manzo sí movilizó a miles, con consignas como “¡Fuera Morena!” y “¡Narco presidenta!” resonando en el Zócalo, mientras otros nombres se diluyen en las estadísticas? Parte de la respuesta está en quién era él: no un político tradicional del PAN o PRI, sino un independiente. Un crítico feroz del narco y del oficialismo, que hablaba con una crudeza que pocos se atreven a usar. Formó parte de Morena en el pasado, pero se posicionó contra ellos de manera abierta, denunciando la tibieza del gobierno ante el crimen organizado. Su asesinato no fue solo un homicidio; fue un desafío directo a la oposición no alineada y eso resonó en una generación que busca algo auténtico, no reciclado.
Creo que parte de esto es lo que le dio un matiz distinto a la marcha. No es mentira decir que la oposición atrae más a generaciones mayores que a la mía: en las elecciones de 2024, por ejemplo, Xóchitl Gálvez capturó solo el 22 % de los votos entre los jóvenes de 18 a 29 años, frente al 36 % entre mayores de 60, y cifras similares en el rango de 45 a 59. Sí, la mayoría marchó ayer por el asesinato de Manzo y la violencia que nos golpea a todos, pero una buena porción de esas generaciones de arriba, con su indignación legítima contra el gobierno, sumó un tono más político y antigubernamental. Eso enriqueció el reclamo colectivo, aunque diluyó un poco la esencia juvenil que podría haberla hecho sentir más como un despertar generacional puro.
Dicho esto, el movimiento no debería excluir por edad. No es solo para la Gen Z; cualquier generación podría y debería sumarse. En la marcha se vio eso: no solo jóvenes, sino una multitud diversa. Hubo momentos de tensión, con policías y civiles heridos en enfrentamientos en la CDMX, gases lacrimógenos y hasta la abuela de Manzo declarando en videos virales que el gobierno mandó matar a su nieto y que ahora la amenazan a ella.
Y justo por eso, vale la pena hablar de lo que se dice de nosotros, la Generación Z, y de las que vienen después: que “no leen noticias”, “no están informados”, “no saben de lo que hablan”. Pero eso está alejado de la realidad, especialmente en un contexto como esta marcha, donde el hartazgo por la inseguridad nos une a todos, sin importar la edad.
Sí, hay quienes no están al tanto, pero sería muy reduccionista englobar a toda una generación por unos cuantos casos. No somos ciegos ante la realidad: vemos las desapariciones, los asesinatos, la violencia que nos rodea. La vivimos a diario, de formas que nos impactan a distancia o de golpe directo.
Este país es un torbellino de emociones. Por un lado, me enamora su cultura, su diversidad caótica y mágica —esta ciudad, la CDMX, con su vida efervescente—. Por otro, me aterra. Las calles no son seguras; salir implica un cálculo constante de riesgos. En mi adolescencia y juventud, la inseguridad ha sido como un ruido de fondo permanente: no salgas sola de noche, no tomes taxis cualquiera, estate alerta. He tenido privilegios —vivir en zonas “seguras”, tener redes de apoyo que me protegen más que a otros—, pero aun así, el miedo se filtra. ¿Qué me dice este país cuando salgo a la calle? Que la dignidad es un lujo; que la violencia es el precio de existir aquí; pero también que hay esperanza en movimientos como este, aunque imperfectos.
Aún no estoy convencida del todo de que este sea el movimiento de la Generación Z que México necesita. Sin embargo, lo que sigue para nosotros no es sumarnos ciegamente, sino cuestionar, filtrar y construir algo propio. Porque si algo nos define, es no tragarnos el cuento completo: exigir dignidad, pero con nuestra voz, no con ecos prestados.
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