Genealogía de la visión femenina de México
Graciela Iturbide nos recuerda que todo cabe, que la esencia de México es igual de compleja que la de un ser humano.
Una mujer con una corona de iguanas.Una mujer con un cuchillo en la boca, desmembrando una cabra.Una mujer amamantando con una corona de espinas.La prótesis que se quedó en el baño de Frida Kahlo.Una mujer con un caimán en las piernas.Una mujer con una cabeza de vaca.Una mujer Seri en el desierto de Sonora que camina con un magnetófono.Una mujer frente al ataúd de su hija.Una mujer vendedora de zacates.
Así es la fotografía de Graciela Iturbide: cruda, llena de emoción y simbolismo. Las fotos de Graciela han sido herramientas para entender la(s) realidad(es) de este país en las últimas décadas. Retratando escenas y gente, momentos y rituales de distintas latitudes en México, desde la comunidad de Juchitán, en Oaxaca, hasta el pueblo Seri, en Sonora, o las calles de la Ciudad de México, Graciela nos da una mirada profunda y real de la esencia de este país.
La exposición “Graciela Iturbide. Fijar el tiempo”, presentada por Patrimonio y Fomento Cultural Banamex, ofreció un recorrido por una selección del portafolio de Graciela que muestra su tránsito a través del tiempo, del mundo y de sus facetas. Curada por Juan Coronel Rivera, la exposición mostró, sin orden particular, el trabajo de Graciela a través del tiempo, de sus épocas y sus ciclos. Fotografías que muestran crudeza y sadismo, y otras que reflejan ternura y vivacidad. El yin y el yang, Coatlicue y Tezcatlipoca, ambos conviviendo en una misma vida, en una misma sala, en la historia de una obra.
A través de esta dualidad, Graciela nos recuerda que todo cabe, que la esencia de México es igual de compleja que la de un ser humano. Acaso este es un aspecto que las fotógrafas mexicanas han sabido plasmar en su obra. Graciela continúa una genealogía visual de México a través de la mirada y la sensibilidad femenina, aquella que empezaron artistas como Tina Modotti y Lola Álvarez Bravo. Las tres usaron la imagen como documento, postura y símbolo.
Estas tres mujeres reivindicaron la mirada femenina dentro de un canon masculino y, al hacerlo, demostraron que hay cierta sensibilidad, cierta forma de mirar que no busca conquistar la imagen, sino habitarla. No es una sensibilidad blanda ni complaciente, sino una que sostiene la contradicción. Que puede mirar de frente la muerte sin estetizarla y, al mismo tiempo, encontrar belleza en lo aparentemente mínimo. Una sensibilidad que no separa lo político de lo íntimo ni lo ritual de lo cotidiano.
En la obra de estas fotógrafas mexicanas, esa mirada se convierte en método. Modotti e Iturbide llegaron a las comunidades que visitaron en Oaxaca, por poner un ejemplo, para escucharlas. No quisieron imponer narrativas, sino descubrirlas. Su cámara no invadió: acompañó. Por eso sus imágenes no parecen tomadas desde afuera, sino desde dentro de la escena, y por eso nos revelan una realidad mexicana diferente a la que estamos acostumbrados: auténtica.
Cuando vemos a la mujer con iguanas coronándole la cabeza en Juchitán, no vemos exotismo, vemos poder. Cuando vemos a la madre frente al ataúd de su hija, no vemos morbo, vemos duelo compartido. Cuando vemos a la mujer Seri cruzando el desierto con un magnetófono, vemos modernidad y ancestralidad coexistiendo sin conflicto.
En un país que suele narrarse desde el estruendo —la violencia, el caos, el espectáculo—, Iturbide elige la observación curiosa, elige sostener la realidad ambivalente sin filtros, elige hacer de lo cotidiano un símbolo. Y elige plasmarlo en blanco y negro como una forma de depuración, como una invitación a ver en silencio.
Tina Modotti utilizó la fotografía como herramienta de militancia, Lola Álvarez Bravo la convirtió en un espacio de introspección poética, e Iturbide la transforma en territorio ritual, expandiendo esa genealogía sin repetirla. Las tres, desde sus contextos distintos, desmontaron la idea de que la mirada femenina es un género menor o un tema específico. No fotografiaron “lo femenino”: fotografiaron el mundo. Y al hacerlo desde su experiencia situada, ampliaron el canon, lo descentraron, lo hicieron más complejo.
La exposición “Graciela Iturbide. Fijar el tiempo”, presentada por Fomento Cultural Banamex, plasma lo anterior para el caso de esta artista excepcional. Cada imagen dialoga con otra desde el contraste para mostrar que México no es una sola imagen. Es contradicción permanente. Es fiesta y es luto. Es desierto y es selva. Es madre y es animal. Es cuerpo y es mito.
Tal vez ahí radica su legado, su huella. Una huella que nos enseña que fijar el tiempo es, tal vez, la forma más poderosa de comprenderlo.
Desde que aprendí a distinguir el lenguaje diferente de la verticalidad de un árbol, del que nos habla mediante la elasticidad de un cuerpo o el juego de un volumen, siempre he encontrado en la forma un medio de aproximarme al sentido de las cosas, de descubrir la armonía del universo. (Extracto del discurso de ingreso de Ángela Gurría a la Academia de Artes. Fue la primera mujer inscrita en esta institución.)
Estos últimos meses, metida en un taller de escultura, con las manos sucias, he conectado con una parte de mí que no frecuento mucho. El mundo hoy te obliga a estar en la mente. Pensar lo mismo todos los días. No nos da tiempo de pensar, de aburrirnos, de crear.
Esculpir para mí ha sido una manera de salirme de esa vorágine, de obligar a mi mente y a mi cuerpo a estar en una situación que no entra dentro de la caja de lo que he hecho toda mi vida.
Mezclar kilos de polvos distintos en un barril, cubrirlo con agua. Y luego, esperar. Días. Regresar y mezclar con una herramienta que se parece a una perforadora de pavimento. Y luego trasladar la mezcla a un contenedor de piedra para que se seque. Y luego, esperar. Días.
Regresar y esparcir la mezcla en superficies de yeso para que termine de perder humedad y poder amasar. Y luego, esperar. Horas. Regresar y empezar a amasar. Kilos y kilos. Usando mis manos y todo el peso de mi cuerpo. Y luego, esperar. Días.
En este proceso he descubierto más cosas de las que me imaginaba. Primero: hacer cosas que se salen de lo ordinario genera pensamientos y emociones que se salen de lo ordinario. Esculpir me obliga a estar presente, me conecta con la magia que hay en crear algo desde cero, desde la nada, usando mis manos. Darle vida y forma a una imagen abstracta. Me obliga a dejarme ir, a fluir con el proceso. Y, al mismo tiempo, a aceptar lo que es: los tiempos que no puedo acelerar, el material que no responde a la forma que quiero darle, los colores que salen y que no escojo.
Un par de meses de esculpir me han hecho darme cuenta de la magia que hay en no vivir acelerada. Me han demostrado que no todo tiene que ir a mil kilómetros por hora, que los procesos llevan tiempo y que no por ser más rápidos son mejores. Al contrario, a veces, entre más tiempo y espacio le demos a las cosas para que se asienten, para que cuajen, el resultado es mejor.
Esculpir me ha hecho renovar mi relación con la paciencia, tan poco practicada (por mí, especialmente), como lo han hecho también las orquídeas que me regala Sebastián, otras maestras improbables de esta virtud y de que todo en esta vida es cíclico; a veces solo tenemos que observar, nutrir con paciencia y esperar. Sin teléfono, sin nada con lo que entretenerme mientras se seca la pasta blanca en el yeso, ¿qué puedo hacer? Nada. Echarme en el sol y esperar.
Un baile perfecto entre energía femenina y masculina: ser y crear, fuerza bruta y delicadeza absoluta, hacer y esperar. Ser creadora y al mismo tiempo solo un canal. Usar la cabeza y luego solo conectar con la emoción.
Para después, regresar a mi casa, sucia de barro, satisfecha y con la cabeza en blanco.
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