La ilusión de lo óptimo

La ilusión de lo óptimo
Lucía Conchello Sandoval
Si definimos el progreso casi exclusivamente en términos económicos, lo social y lo cultural se vuelven accesorios. 
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/141.312

Hay algo que casi ya no cuestionamos: la optimización.

En algún momento dejó de ser una herramienta y pasó a ser una lógica. Todo puede acelerarse, escalar, maximizarse. Si es más eficiente, asumimos que es mejor. Si produce más, lo llamamos progreso.

Y funciona. La optimización ha impulsado avances reales: más producción, menos costos, más conocimiento circulando. El problema empieza cuando aplicamos esa misma lógica a todo, como si todos los sistemas reaccionaran igual ante la maximización.

Pero los sistemas sociales no son máquinas lineales. Son dinámicos, tensos, incompletos. Cambiar una pieza altera el equilibrio entero. Optimizar una sola variable —rentabilidad, velocidad, productividad— puede generar eficiencia local y fragilidad global.

La crisis de 2008 lo dejó claro. Un sistema financiero diseñado para maximizar rendimiento y distribuir riesgo terminó colapsando al reducir sus propios márgenes de seguridad. Era sofisticado. Era eficiente. Y era frágil.

Hoy hacemos algo parecido con modelos que prometen objetividad. Delegamos decisiones a algoritmos que determinan qué variables importan y cuáles quedan fuera. Y a veces, lo que queda fuera somos nosotros. Cuando eso impacta el crédito, el empleo o la seguridad, ya no hablamos solo de técnica; hablamos de consecuencias estructurales.

Ahí está el punto.

Si definimos el progreso casi exclusivamente en términos económicos, lo social y lo cultural se vuelven accesorios. Pero comunidades atravesadas por desigualdad —sociedades fragmentadas— no se reconstruyen con más productividad ni se reparan con mayor eficiencia. A veces, eliminar “ineficiencias” significa eliminar redundancias que protegen: redes humanas, espacios culturales, márgenes que amortiguan crisis. Los sistemas complejos necesitan cierto margen para no romperse.

Optimizar no es el problema.

El problema es optimizar sin conciencia sistémica.

La pregunta no es si debemos hacerlo.

La pregunta es qué estamos dejando fuera del cálculo.

Porque si el progreso se vuelve sinónimo de maximización, podemos terminar con sistemas impecables…y sociedades cada vez más frágiles.