Cuando la lucha se convierte en escenografía: crónica de un parlamento fallido

Cuando la lucha se convierte en escenografía: crónica de un parlamento fallido
 Ivanna Zúñiga Huguez
El sistema lleva décadas aprendiendo a absorber la lucha de las mujeres y convertirla en imagen, en campaña, en capital político.
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El 7 de marzo de 2026, 300 mujeres jóvenes de todo el país llegaron a la Cámara de Diputados con algo en las manos: iniciativas, propuestas, meses de trabajo y la expectativa legítima de ser escuchadas.

Lo que vivieron ese día desencadenó un debate que va mucho más allá de la logística de un evento.

El llamado 2° Parlamento Nacional de Mujeres fue presentado, desde un principio, como un espacio de participación real: mesas de trabajo, debate, derecho a réplica, iniciativas presentadas y discutidas.

La realidad fue otra. De las 10 de la mañana a las 3 de la tarde transcurrieron ponencias y foros. Valiosos, sin duda, pero ajenos al propósito central del parlamento. Tras un receso de una hora, la sesión se reanudó a las 4 p.m. Entre organización y acuerdos, las parlamentarias comenzaron a presentar iniciativas a las 4:30 p.m.: una hora y media real de participación para 300 mujeres con propuestas.

Al día siguiente, minutos antes de la sesión, se ofreció una “solución” a quienes no habían podido presentar su propuesta, sin considerar que muchas tenían vuelos, compromisos o simplemente la marcha del 8 de marzo esperándolas.

Ante esto, decidí alzar la voz. La crítica fue clara desde el principio: no apuntaba a personas individuales, sino a una estructura; a un sistema que lleva décadas aprendiendo a absorber la lucha de las mujeres y convertirla en imagen, en campaña, en capital político.

Señalé algo incómodo pero necesario: que el feminismo institucional muchas veces opera como trampolín. Que hay una diferencia fundamental entre abrir un espacio para las mujeres y abrirlo con las mujeres. El primero posiciona; el segundo compromete. Y lo que el parlamento ofreció fue lo primero.

La respuesta no tardó. Organizadoras y funcionarias reaccionaron con acusaciones de “chismes”, “narrativas falsas” y “golpeteo político”. Una diputada llegó a amenazar con documentos oficiales de San Lázaro para “demostrar la mentira”, confundiendo deliberada —o ingenuamente— la duración total del evento con el tiempo real de participación parlamentaria, que son, por supuesto, dos cosas completamente distintas.

Y ahí está la paradoja más reveladora de todo este episodio: el mismo debate que se negó dentro del parlamento se reprodujo afuera, con las mismas dinámicas. Quienes debían escuchar, descalificaron. Quienes tenían el poder institucional lo usaron para intimidar en lugar de argumentar. El sistema respondió exactamente como suele responder cuando alguien lo señala.

Lo que este caso deja sobre la mesa es una pregunta que incomoda a muchos sectores: ¿cuándo un espacio de participación deja de serlo y se convierte en simulación? La respuesta no está en si el evento existió o en cuántas horas duró oficialmente. Está en si las mujeres que llegaron con propuestas salieron con más poder del que tenían al entrar, o simplemente con una fotografía en San Lázaro.

No se trata de exigir perfección ni pureza ideológica. Se trata de honestidad. Si un parlamento tiene una agenda política detrás, eso no lo invalida automáticamente, pero sí obliga a decirlo abiertamente para que cada mujer pueda decidir libremente si quiere participar bajo esas condiciones.

Cubrirse detrás de la bandera feminista para proteger intereses que no tienen nada que ver con las mujeres no es sororidad. Es exactamente lo que se dice combatir.

El cambio real no nace de los reflectores ni de las fotografías. Nace del debate incómodo, del momento en que alguien dice algo que nadie quería escuchar y, sin embargo, es escuchada. Ese momento es el que este parlamento no supo —o no quiso— garantizar.

Y mientras eso no cambie, seguiremos construyendo escenografías muy bonitas que no transforman absolutamente nada.

Las voces que exigen espacios dignos no dañan la lucha. La sostienen.

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IG: @ivannazhuguez