Ni blanco ni negro: reflexiones sobre lo ocurrido en Venezuela
Venezuela no es libre. Lo que ocurra allí nos involucra a todos.
Este inicio de año ha sacudido un orden internacional que ya se mostraba frágil. La reciente invasión estadounidense pone sobre la mesa temas incómodos y altamente controversiales. Sin embargo, es fundamental entender que los conflictos, nacionales o internacionales, ni son aislados ni son de color blanco o negro: habitan en una escala de grises y son mucho más complejos de lo que a menudo queremos aceptar. El pensamiento crítico, y saber que diferentes posturas coexisten y habitan un mismo espacio, es indispensable.
Celebro y acompaño el gozo de los venezolanos frente al derrocamiento de Nicolás Maduro. A la vez, condeno el mismo por la forma en que ocurrió. Ambos pensamientos pueden coexistir; de hecho, no lo considero hipócrita o incoherente, sino sensato y necesario. Ojos críticos logran no simplificar realidades complejas.
¿El fin justifica los medios? Esta pregunta deberíamos hacérnosla hoy más que nunca, sobre todo si hacemos énfasis en la importancia de los antecedentes históricos. Es relevante porque el debate no gira en torno a si el resultado final sea necesario, sino a los costos, consecuencias y precedentes que serán creados.
De acuerdo con distintas instancias de la ONU y otros organismos internacionales como Amnistía Internacional y el Banco Mundial, los gobiernos de Maduro y Hugo Chávez fueron responsables de la persecución, asesinato y tortura de cientos de opositores políticos; elecciones fraudulentas que violentaban todo tipo de intento democrático; graves violaciones de derechos humanos y crímenes de lesa humanidad; el colapso de la economía venezolana, que dejó a más del 80 % de la población en pobreza y a más del 50 % en pobreza extrema; así como la migración de cerca de ocho millones de venezolanos, entre otras consecuencias.
Mencionar estos hechos no busca justificar los actos estadounidenses, sino ejercer un acto de memoria hacia el pueblo venezolano. El error hoy recae en instrumentalizar ese dolor para legitimar bombardeos ilegales sobre territorios soberanos o intervenciones arbitrarias que desestabilizan regiones. Las víctimas no deberían ser objeto para alimentar agendas políticas.
La salida de Maduro era necesaria. Sin embargo, no estoy de acuerdo con una invasión que culmina en su secuestro. Lo anterior ha abierto preguntas incómodas pero inevitables: ¿qué era lo correcto?, ¿cómo debió haber sido esa transición?, ¿qué alternativas reales y posibles existían? Aunque he planteado diversas respuestas, ninguna me ha parecido plenamente satisfactoria.
A pesar de lo anterior, hay verdades que coexisten en este escenario: la destitución de Maduro era indispensable; los venezolanos tienen derecho a festejar el fin de una dictadura; Venezuela quedará a la merced de intereses que no serán propios; Estados Unidos y aliados como Israel buscarán capitalizar la situación; y las ganancias de las industrias extranjeras que ya anuncian su entrada difícilmente beneficiarán a la población venezolana.
Por ello, es posible y urgente sostener tres posiciones al mismo tiempo: condenar la invasión estadounidense; preocuparnos por la caja de Pandora geopolítica que se ha abierto y las consecuencias de la misma; y lograr dimensionar la incertidumbre a la que se enfrentará el pueblo venezolano.
No existe norma en el derecho internacional ni instrumento de las Naciones Unidas que justifique la legalidad de la incursión militar de Estados Unidos en Venezuela. Tampoco fue aprobada por el Congreso estadounidense. La condena de este acto, encabezado por el presidente Donald Trump, es necesaria y debería provenir no solo de otros Estados, sino también de la sociedad civil global.
La entrada ilegal en Venezuela, el bombardeo sobre Caracas y el secuestro de un presidente generan consecuencias gravísimas que trascienden fronteras, ya que amenazan a América Latina, África, Asia Occidental y, en general, al Sur Global. Este hecho marca un precedente peligrosísimo en las relaciones internacionales actuales.
La indignación no surge por la caída de Maduro, sino por la consolidación de una nueva presencia militar estadounidense ahora en América Latina.
Lo ocurrido no inaugura un orden imperialista: lo reafirma. La impunidad permitida en Gaza; el derrocamiento de Gadafi en Libia, que mostró que líderes autoritarios son reemplazados por regímenes aún más brutales; las invasiones en Irak y Afganistán, que han dejado miles de civiles muertos; intromisiones extranjeras en Haití, que dejaron al país con un vacío en el poder tomado por grupos criminales; la imposición del dictador Augusto Pinochet en Chile, tolerado por años porque velaba intereses occidentales… dejan una historia llena de ejemplos donde las intervenciones “liberadoras” son todo lo contrario.
La historia nos demuestra que vivimos en una lógica imperial donde invadir y matar por recursos y agendas propias se justifica con excusas que nadie entiende ya. Sus propios intereses son el objetivo; ¿el pueblo? Siempre las víctimas.
¿La vida mejora después de la intromisión extranjera? ¿La invasión disfrazada de buenas intenciones ha traído paz a aquellos pueblos que se pretendía liberar?
Este episodio marca un antes y un después. No solo se quebrantó la soberanía venezolana ni su autodeterminación, sino un orden internacional ya debilitado.
Estados Unidos, supuesto garante de aquellos valores occidentales que han sido un sueño, ha perdido actualmente su legitimidad al ignorar el derecho internacional por completo. ¿Qué impedirá que otros actores hagan lo mismo en nombre de la paz, la estabilidad y el restablecimiento del orden? ¿Con qué autoridad se condenarán futuras invasiones de actores como Rusia o China? ¿Se frenarán realmente ocupaciones ilegales como las de Gaza y Cisjordania o tendremos que vivir con ellas?
La ruptura de la legalidad de las normas internacionales no distingue en su aplicación entre Estados Unidos, China o Rusia; solo alimenta un mundo cada vez más inestable. Gobiernos que no se ajustan a un plan imperialista o a los intereses de potencias extranjeras quedan sujetos a que unos pocos decidan si vale la pena seguirlos teniendo en el poder o, en su caso, simplemente intervenir, entrar y quedarse con el territorio. Algo sí está claro: aquellos que protegían el orden mundial no se sienten contenidos por la legalidad que dicta el derecho internacional ni por acuerdos internacionales, mucho menos por la pena. Están dispuestos a actuar de acuerdo con sus intereses y agendas, todo bajo la ley del más poderoso.
Existe una preocupación por la pasividad. La no respuesta también es poder. El silencio de aliados occidentales y organismos internacionales frente a esta invasión es alarmante. Vivimos en una época de tibiezas, donde la falta de condena normaliza la violencia y la arbitrariedad. Simplemente, el día de mañana pueden invadirnos, bombardearnos, quitarnos nuestra autodeterminación y soberanía, todo esto bajo el ojo público y sin ningún cuestionamiento.
El modus operandi de los “salvadores” es entrar y dejar el territorio con más inestabilidad. Tim Weiner, ganador del Premio Pulitzer, dice: “Venezuela será otro capítulo infeliz en la historia de las injerencias de Estados Unidos”. Verdaderamente espero que no sea así. Los “salvadores” se lavan las manos y nos hacen creer que el problema es que los musulmanes son terroristas, que América Latina es peligrosa y que en África falta desarrollo. Es fundamental preguntarnos: ¿quién lo causó?, ¿cómo fue que se llegó a ese punto?, ¿la historia y la narrativa de qué lado están?
Es bastante conveniente que Estados Unidos busque “restaurar la democracia” en un país que contiene las mayores reservas de petróleo del mundo, y más aún en plena disputa hegemónica con China y en un contexto de escasez energética occidental. Estados Unidos no busca liberar a, sino asegurar intereses estratégicos.
Desde la abducción de Maduro, declaraciones de Donald Trump y Marco Rubio han dejado claro que las elecciones no son prioridad y que incluso figuras como María Corina Machado carecen de respaldo real para gobernar Venezuela. Venezuela se queda en un vacío de poder peligroso y, en un país ya debilitado, ¿cómo se logrará hacerle frente? Queda la pregunta de si entrará María Corina Machado al poder, ahora que incluso Trump ha cuestionado su legitimidad. Machado no es patriota ni democrática; simplemente no puedes serlo después de pedir la presencia de tropas extranjeras en tu territorio ni proclamar que el presidente Donald Trump es “un campeón de la libertad en este hemisferio”.
Donald Trump no busca proteger realmente a aquel pueblo cuya diáspora es definida abiertamente como criminal y que ha perseguido, encerrado y deportado sistemáticamente. Y Venezuela queda en una fragmentación e inestabilidad donde no existe un pacto, y donde el vacío de poder no es neutral: se vuelve un territorio que no brinda estabilidad.
La solidaridad entre los pueblos vulnerables a la intervención extranjera es lo que puede salvarnos. Apoyar y aplaudir las acciones estadounidenses es olvidar la historia: un Estados Unidos que ha impuesto gobiernos y sostenido dictaduras en gran parte del Sur Global.
Nuestros discursos deben ser tan firmes como las acciones que condenamos: radicales en su crítica y radicales en su antiimperialismo. Apoyar al pueblo venezolano implica exigir que Estados Unidos se retire y permita que sean los propios venezolanos quienes definan su futuro.
Como escribió Eduardo Galeano:
“Cada vez que Estados Unidos ‘salva’ a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio”.
Venezuela no es libre. Lo que ocurra allí nos involucra a todos. Y hay que luchar para no sustituir una dictadura por un gobierno extranjero.
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