El precio de un periodismo incómodo
Ejercer el periodismo en un país sin guerra declarada se ha vuelto una actividad de alto riesgo.
México es un país hermoso: lleno de colores vibrantes, música que te hace bailar, personas que siempre te saludarán con una sonrisa y comida que te alegrará el alma. Pero al mismo tiempo, siempre me encuentro llena de indignación hacia todo lo que ocurre en este país que tanto quiero. Es ahí, en todas las situaciones que causan dolor, donde me pregunto: ¿será que algún día dejaremos de estar inmersos en una dinámica donde predomina la violencia? ¿Dejarán las familias de buscar a quienes más aman debajo de la tierra? ¿Dejarán de existir estados olvidados, como Sinaloa, donde escuchar balazos es parte de la rutina diaria? ¿Será que algún día dejaremos de despertar con la cruda realidad de que se cometen 80 homicidios y desaparecen 40 personas cada día en México? ¿Podremos hablar sobre lo que sucede en México sin miedo?
Recientemente, Reporteros Sin Fronteras (RSF) publicó su balance anual sobre asesinatos, desapariciones y encarcelamientos de periodistas en el mundo. Si bien actualmente se piensa en un retroceso en el respeto de los derechos humanos a nivel global, el panorama descrito por RSF sobre la situación mexicana es realmente aterrador.
Actualmente, en distintas regiones del mundo se desarrollan guerras abiertas: el conflicto Rusia-Ucrania, el genocidio perpetrado por Israel contra la población palestina, los genocidios en Sudán, en la República Democrática del Congo, contra la población rohingya, además de los prolongados conflictos en Siria o Yemen. Estos sucesos son percibidos por muchos como “esperables” o “normales” por la región en la que se desarrollan e incluso el tipo de régimen que tienen. Sin embargo, lo que no hemos querido hacer consciente es que aquello que parece lejano y ajeno está ocurriendo frente a nosotros. La violencia ha sido normalizada o, en su caso, simplemente hemos decidido ignorarla y vivir con ella… ¿o ignorarla para seguir viviendo?
El crimen organizado y la impunidad que lo cobija por parte del gobierno nos han arrebatado todo: la tranquilidad de salir sin miedo a no regresar, la posibilidad de contar con un sistema justo que funcione y utilice la ley para condenar a aquellos que han cometido un delito, la confianza en las fuerzas de seguridad sin dudar de su involucramiento con grupos delictivos y, en muchos casos, la libertad de expresarnos para hablar sobre lo que ocurre en este país.
La libertad de expresión es un derecho fundamental reconocido en el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos y en el artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos. En México, este derecho se encuentra implícito en los artículos 6 y 7 de la Constitución. Aun con la existencia de estos instrumentos internacionales y nacionales, informar en este país es una actividad peligrosa en donde se cometen crímenes contra periodistas mexicanos con total impunidad.
¿De qué sirven leyes que prometen proteger periodistas si en México la verdad mata? ¿Quién cuida a quienes nos informan? ¿Quién cuida a quienes se atreven a incomodar? ¿Quién cuida a quienes alzan la voz?
Quise hacer énfasis en conflictos internacionales por una razón: ubicar a México dentro de este contexto global de violencia. Israel lleva más de dos años bombardeando Gaza todos los días, matando a decenas de periodistas. Aun así, México, sin bombardeos diarios ni una potencia invasora, ocupa el segundo lugar mundial en asesinatos de periodistas. Siria, un país conocido por una guerra civil y un régimen autoritario, encabeza el número de periodistas desaparecidos. Otra vez, México, sin ninguna guerra civil declarada y bajo un régimen democrático, ocupa también el segundo lugar mundial en periodistas desaparecidos.
Según el medio El Sabueso, México es el país más peligroso sin guerra declarada para ejercer el periodismo, donde entre el año 2000 y 2025 se ha registrado el asesinato de al menos 174 periodistas y la desaparición de 33. ¿Será entonces que vivimos en una guerra interna? La guerra en México es contra todo aquel que incomode: un familiar buscador, un presidente municipal que quiere combatir la delincuencia, un limonero que reclama justicia, un periodista que cuenta la verdad… o simplemente cualquier mexicano que estuvo en el lugar equivocado. La guerra en México es perpetuada por el crimen organizado y permitida por el propio Estado.
Lo más desgarrador no son los números alarmantes, sino lo que representan: voces mexicanas que han dejado de hacer eco y vidas arrebatadas sin que exista un solo caso donde haya habido justicia plena. ¿Debería sorprendernos? Personalmente, a mí no. Vivimos en México, un país donde todo crimen se comete con total impunidad.
El Balance 2025 publicado por RSF señala que México es el segundo país más letal del mundo para la prensa, con nueve periodistas asesinados este año y el segundo con más periodistas desaparecidos. Somos el país occidental más peligroso para ejercer el periodismo y, aunque estos crímenes son atribuidos al crimen organizado, RSF hace énfasis en que actúan con tal brutalidad gracias al contexto de impunidad del país.
Los nueve periodistas asesinados solo en 2025 fueron: Salomón Ordóñez Miranda, Cayetano de Jesús Guerrero, Kristina Zavala, Raúl Irán Villarreal Belmont, Melvin García, José Carlos González Herrera, Ángel Sevilla, Ronald Paz Pedro y Miguel Ángel Beltrán Martínez.
México no solo falla en llevar a los perpetradores de estos crímenes ante la justicia, así como en evitar la impunidad; también falla en la prevención. Estos nueve periodistas fueron asesinados por realizar coberturas de temas relacionados con la seguridad, la corrupción y el crimen organizado. Todos ellos habían recibido amenazas previas y, aun así, las autoridades mexicanas no los protegieron.
Uno de ellos, Cayetano de Jesús Guerrero, se encontraba bajo la protección de las autoridades al momento de su asesinato. Otra vez, el Estado falló sabiendo que existía un riesgo y con el compromiso de protegerlo. Actualmente existe el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, el cual se creó con el objeto de implementar y operar medidas de prevención y protección que garanticen la vida, integridad y seguridad de personas que se encuentren en situación de riesgo. Claramente no está funcionando.
Frente a un Estado que no previene ni sanciona, ¿qué tan seguros estamos bajo un sistema que nos falla constantemente? ¿En qué se diferencia un país como México, donde predomina la violencia, de aquellos lugares con guerras declaradas? ¿Será que vivimos en una guerra interna y no queremos aceptarlo?
Los reporteros tienen un rol clave: el de incomodar. Tienen un papel que sirve para garantizar la transparencia y rendición de cuentas de aquellas autoridades públicas y gubernamentales, así como para dar cobertura de cualquier situación.
El crimen organizado en México ha capturado el país, amenazando la vida de todos los mexicanos, y en un contexto de instituciones débiles se ha alimentado aún más su control. ¿Será que tenemos que ignorarlo y vivir con ello porque no hay opción? Lo que más me indigna es que ya no es posible discutir sobre la situación de violencia en el país, ni siquiera nombrar a estos grupos, porque hablar de ellos te convierte en objetivo. En México, incomodar cuesta la vida y el periodismo se ha convertido en una profesión de alto riesgo.
¿Hasta cuándo la verdad seguirá matando en México? ¿Cuánto tiempo más seguiremos volteando hacia otro lado? Y, más importante, ¿qué pasará con todas aquellas juventudes que sueñan con ser periodistas? ¿Crecerán en un México donde es mejor callarse que alzar la voz?
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