Cincuenta kilos

Cincuenta kilos
Andrea Ceballos
Me quise nombrar migrante, pero era como ponerme un zapato que aprieta el pie.

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La alarma interrumpe mi pesadilla en español. En español el sueño, no la alarma. Estaba soñando en mi idioma. Mi subconsciente todavía no es anglosajón. La parte más animal, más sabia y más mística quiere enrolar todas las erres, hablar en un tono fuerte y reírse con jotas en vez de haches. Soñé con el aeropuerto. Encontraba a mis amigas en ese lugar de paso. No iba con ellas, solo me las encontraba por casualidad. Y nos saludamos como se saluda a alguien a quien se amó, pero a quien ya no se conoce. Como se saluda a un viejo amor: abrazo corto y mirada larga. Mis amigas me contaban del viaje que estaban por hacer y yo les contaba del mío. Escuchando a ambos era casi imposible pensar que por muchos años nuestras historias anduvieran de la mano sin despegarse. Nuestras vidas casi no coincidían en nada. Y, mientras ellas me contaban sus planes, yo le apretaba la mano más fuerte a Tom. No sé si en una especie de reclamo por la decisión de dejar mi país hace años o, más bien, queriendo enraizar aún más en él. 

Puedo sentir mi corazón en las sienes. Vaya pesadilla la de ver un futuro que, posiblemente, pudiera ser cierto. Siento el peso de la pierna de Tom sobre la mía, haciéndome un candado del que me desprendo con cuidado para no despertarlo. Pero ya está despierto. Nunca le puedo ganar a Tom, él es el australiano. Yo, una mexicana que tiene que encender tres alarmas para poder despertarse antes de las seis y media. Good morning, me dice sonriendo, y yo le contesto con un buenos días. Gesto estúpido de resistencia al adjetivo que estoy retomando. O, quizás, debería llamarlo verbo: el verbo de migrar. 

Por un corto periodo de mi vida, jugué con la palabra migrante. Me quise nombrar migrante, pero era como ponerme un zapato que aprieta el pie. La primera vez que dejé mi país sabía que iba a volver. No tenía vuelo de regreso, pero sabía que el adiós con el que me despedí de mi gente y mi tierra era temporal. Iba a un viaje, a una experiencia que tenía principio y fin. No había necesidad de duelar algo que sabía que seguiría existiendo. Aun así, extrañé, lloré, comparé, reí, solté, crecí, me amé y me odié. Pero fui solo medio migrante. Con un pie en Oceanía y otro en América. Mantuve mi lada +52, nunca compré nuevos platos aunque odiaba los míos; mis amigos, todos latinos. No hice ninguna rutina porque quería que cada día fuera un experimento. 

Y luego se acabó. Regresé a mi ciudad y a su cielo gris. Me senté por horas en el tráfico de la metrópolis mientras vencía mis propios demonios. Saludé a la gente que extrañé y vi una que otra cana más en su cabeza. Volví a comer arroz rojo y enchiladas verdes. Regresé a la gran ciudad en la que nada funciona y todo funciona, pero yo no. Dejé de funcionar en ella. Y le lloré, le lloré mucho. Le pedí de rodillas que me permitiera enamorarme de ella otra vez, pero no pude. O sí pude, pero se convirtió en un amor platónico. Para amarla me tenía que mantener lejos. Y le lloré aún más, porque no la quería dejar, porque quería seguir corriendo por Reforma y comer esquites en la calle, abrazar a mi gente y enrollarme en sus historias para siempre. Y no pude. Y ella me abrió los brazos y me dijo que era tiempo de irme y que estaba bien. Que ella ahí se quedaba, aún más caótica, pero cada vez más hermosa. Le pedí permiso a todos los ojos que he amado y todos me devolvieron la mirada con un vuela. Parte de mí deseaba que suplicaran que me quedara. Que me lloraran ríos que me hicieran florecer. Pero nadie me podía convencer, ni siquiera yo misma, de que mi lugar no es en la tierra, sino en el cielo. Y entonces, volé. Una vez más, para coquetear de frente con el verbo migrar

Como pude, amontoné mi vida en dos maletas de veinticinco kilos. Mi vida pesaba cincuenta kilos. Lo que menos pesaba era lo más valioso: las hojas de papel con las palabras de los que amo. Espero que nunca regreses, porque eso significa que te enamoraste de la vida; me escribió mi padre en su carta de despedida. Y yo pienso en eso mientras Tom me da un beso de buenos días en la frente y aprieta fuerte todo mi cuerpo contra el suyo. ¿Qué es migrar, cuando es elegido, sino un sinónimo de esperanza? Un deseo ferviente de enamorarse de la vida aunque sea en otro idioma y en otras coordenadas. 

Retomo el verbo migrar como se retoma una novela que se había quedado a medio leer. Me levanto de la cama y me voy directo a la ducha. Mientras, Tom empieza a cocinar el desayuno. Para él, su pan tostado con mantequilla y vegemite. Para mí, huevos a la mexicana. Desayunamos en silencio. Él lee las noticias. Yo me pongo al tanto de los mensajes que llegaron a mi WhatsApp mientras dormía. Llego tarde a ellos, aún viviendo diecisiete horas adelantadas. Empiezo a vivir desfasada,

otra vez. Esta vez, el verbo migrar se traspasa por mi piel como humedad. Me despedí de verdad de mi país, con la esperanza de encontrar del otro lado del mundo el hogar que siempre he buscado. Y cuando uno se despide pensando en para siempre, el duelo llama a la puerta como vecino incómodo. Mi lada ya es +41, 

acomodé mi ropa en el armario blanco que Tom vació para mí, colgué la foto de mi familia en la sala de estar y compré una planta enorme para tangibilizar la palabra compromiso. 

Cuando los pies saben que posiblemente anden por otros rumbos por un largo periodo de tiempo, se empiezan a arrastrar con una melancolía que solo conocen aquellos que han decidido volar. Me despido de Tom con un pequeño beso en los labios. Salgo por la puerta victoriana de mi casa. Camino hacia el lado izquierdo de mi coche para abrir la puerta y no encuentro el volante. Una risa combinada de nostalgia inunda mi pecho al saber que cada verbo se mancha del verbo migrar. Arranco el coche, mientras me repito como mantra: keep left, keep left.