Botánica del (des)arraigo
Ahora entiendo que nunca me faltaron raíces; simplemente, las mías no eran de madera.
Llevo las raíces por fuera. Se recargan en la tierra. Nunca he logrado meterlas por debajo, ni siquiera cuando me he aferrado a la historia. Me he cimentado en una maceta de barro negro que viaja por diferentes esquinas, que es regada por aguas de distintos cauces, replantada en tierras cobrizas y podada casi siempre por las mismas manos.
Muchos años soñé con ser caoba. Quería tener grandes raíces por debajo del suelo que llegaran a kilómetros de donde estaba sembrada. Deseaba ser una de esas que tienen tradiciones que se transmiten por el ADN; de las que señalan algo en su casa diciendo: “de chiquita aquí jugaba”. Quería tener una pared blanca con marcas de mi estatura a diferentes edades, pero he tenido más casas que años. Soñaba con ser de las que dicen “todos los domingos como con mi familia” o “cada año hacemos este viaje”. Quería que mi personalidad incluyera rituales. Rituales que muy pocas veces son escogidos, pero al final, rituales. El ritual de hacer siempre lo mismo, en el mismo orden, con la misma emoción. Quería un indicador de que pasaba el tiempo y yo pasaba por él. Anhelaba sentirme sostenida por lo ordinario, por la rutina, por lo previsto. Conocerme en la rutina, como si el cambio no erosionara eso también.
Quería tener un color favorito, usar siempre el mismo peinado, tener un restaurante al que siempre ir, llevar años con el mismo novio. Que mis sueños nadaran en mi saliva listos para ser río cuando alguien preguntara: “¿cuáles son tus planes?”. Tener clarísimo lo que quería ser de grande, por cuáles senderos arrastrar mis pies. Contestar en orden, con una cronología clara, con pasos definidos.
Quería saber qué estrellas se veían desde mi casa. Cuál era la ubicación exacta de mi hogar, si estaba al norte o al sureste. Saberme un solo código postal y portarlo como si fuera mi apellido. Hacer amigos en mi cuadra, saberme los chismes del vecino, que ellos pudieran narrar mi vida.
Yo quería amar la ciudad en la que nací. Aferrarme a cada rincón como si fuera el mapa de mi existencia. Recorrer las colonias con la memoria de que ahí hubo vida. “Ahí mi abuelo me llevaba los sábados”, “esa es mi heladería favorita”, “en ese parque aprendí a patinar”, “en este restaurante pasé todos mis cumpleaños”, “ese es el salón en el que siempre me corté el pelo”. Hablar de los lugares como hablo de mí, y no saber quién soy sin ellos. Anhelaba amar esta caótica ciudad y tener la certeza infinita de nunca querer dejarla. Nunca dividirme; ser solamente de un lugar. Conjugarme en todos los tiempos en la misma ciudad, con la misma gente y los mismos sueños.
Soñaba con raíces gruesas abrazándose con otros troncos que vinieran de lejos. Mimetizarme con esas maderas tanto que no supiera dónde empieza la mía y dónde
termina la otra. Ansiaba ser parte de una historia. Ser punto seguido y no tener que ser siempre punto y aparte o nuevo capítulo. Quería ser novela, es más, ser saga, y que la historia de mi bisabuela y la mía tuviera sentido cuando las leyeras juntas. Que me supieran continuidad; saberme puente.
Pero no fui saga, ni me quedé en la misma calle, ni amé mi ciudad, ni paré mis sueños por no abandonar a mi linaje, ni estuve satisfecha, ni pasé las navidades en familia, ni tuve una pared que fuera testigo de mi crecimiento.
La verdad es que soy más como una orquídea. Tengo raíces aéreas. Yo necesito más del aire que de la tierra. Crezco volando y no enraizando. Por años pensé que eso me haría no crecer tan grande ni tan fuerte, pero hoy, cuando estoy parada, no hay viento que me doble, ni maceta en la que no crezca. Por mucho tiempo me dio vergüenza no sentir esas raíces tan tangibles, y luego, un día en casa de mi abuela, le vi las manos y sus dedos se parecían a los míos. Otro día estornudé y sonaba igual al estornudo de mi abuelo. Una tarde me fijé en los ojos almendrados de mi padre, que se perdían en el horizonte y se veían como los míos cuando veo el atardecer. Una noche escuché a mi madre llorar, y sus lamentos eran los míos.
Me vi en el espejo y encontré las raíces que tanto había buscado. Me supe hogar, me supe mía y de todas las personas que he amado. Supe, con confianza plena, que siempre fui sostenida, no por rituales, ni por tradiciones, ni por estabilidad, sino por las manos que nunca, ni en los momentos en los que fui río, me dejaron inundarme.
Ahora entiendo que nunca me faltaron raíces; simplemente, las mías no eran de madera. Las mías se extienden y me dejan volar, y me dejan cambiar, y me dejan moverme, y me dejan definir mi dirección. Ya no quiero pelear con ellas: quiero podarlas, regarlas, dejar que las rieguen, aprender a cuidarlas y abonarlas, y hacerlas crecer aún más para poder disfrutar más del viento, ese que me sostiene mejor que la tierra.
Ya no busco caída libre, sino aterrizaje suave.
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